domingo, 31 de enero de 2016

El Gran Capitán o la discreción caballeresca a caballo (I)

Para Esperanza Méndez, pintora;
 con retraso y agradeciendo sus aportaciones

Hay caballeros que no necesitan del caballo para mostrar su caballerosidad y, aunque toda iconología lo exija, a algunos hombres no les hace falta para trascender; sólo para ser ellos mismos. Esto es lo que le sucedió a Gonzalo de Aguilar y Fernández de Córdoba, el Gran Capitán --Montilla (Córdoba) 1453 - Granada, 1515--. Educado en las armas, al ser segundón de la casa donde nació, en la Córdoba fronteriza con el reino nazarí de Granada; interviniendo en la revuelta corte de Castilla de la segunda mitad del XV, luchando por el poder de la corona, al mando de 120 jinetes costeados por su hermano mayor, en la batalla de Albuera, forjándose en la lucha constante y en la monta "entrambas sillas" --a la jineta y a la brida--. También participó en la Guerra de Granada, montando a la jineta, donde le mataron dos caballos.
            El hombre que "rescató" la importancia de la infantería --perdida tras la caída del Imperio Romano, en beneficio de la caballería, principalmente la pesada-- , nació y se crio en tierras de caballos, en Montilla, donde los preciados caballos valenzuelas mostraban su belleza, fortaleza y rapidez por La Corredera, como si se tratara de una Via del Corso romana, que precisamente vio desfilar orgulloso , allá en 1497, al Gran Capitán, cuando el montillano fue a recoger la Rosa de Oro otorgada por el papa Alejandro VI tras conquistar el puerto y guarnición de Ostia, en manos de un corsario vasco, Menaldo Guerri, al servicio del rey de Francia, liberando de esta manera los Estados Pontificios. Gonzalo Fernández de Córdoba, en agradecimiento, le regaló un orgulloso caballo turco, con jaeces de oro, regalo, a su vez, según se dice, del sultán turco.

            Para Fernández de Córdoba el caballo era un elemento natural en su vida cotidiana, entre campamentos, embajadas, viajes y batallas. Fue un elemento natural en su infancia, pues en Montilla existían prestigiosos criadores de caballos y su casa fue uno de los lugares que contó con yeguada. Vivió con el caballo como si fuera un compañero, un amigo de siempre, por lo que no utilizó como símbolo de poder, ni de riqueza, ni de fuerza. Fue tan compañero que cuando recibió la Rosa de Oro, el padre de la infantería moderna, entró en Roma andando, cuasi como si quisiera mostrarse así mismo, sin necesidad de apoyo de nada. Pero Gonzalo Fernández de Córdoba tuvo numerosa relación con el caballo, tanto en Italia, como en Córdoba y, sobre todo, en Montilla. Volveremos a ello.
El Gran Capitán con las riendas del caballo de Isabel la Católica, en el monumento a la reina en Madrid.