lunes, 30 de noviembre de 2015

Juan de Merlo, un caballero profesional (I)

Admirado por don Quijote fue el espejo perfecto de caballero medieval. Un caballero medieval de verdad. De carne y hueso. Tan real que don Quijote se sintió ofendido ante la duda –más bien la negación— del canónigo de Toledo sobre la existencia de estos paradigmas caballerescos: “Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el valiente lusitano Juan de Merlo” (capítulo XLIX de ‘El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha’).
            El hidalgo de la Mancha lo hace oriundo de Portugal, pero Juan de Merlo fue un caballero aragonés del siglo XV, hijo de Matías Alonso de Merlo, que acompañó al poderoso condestable don Álvaro de Luna a Castilla. Hombre de buena figura, fuerte, fue un gran guerrero, que, como era natural en la época, se forjó en las luchas internas entre cristianos y en la guerra contra los moros granadinos.
            De Merlo fue un caballero escrupuloso, guardaba las reglas y era un gran aficionado a los torneos. Calculador, sabía que las justas eran peligrosas, por lo que las elegía bien. Participó en el ‘Passo Honroso’ del impulsivo don Suero de Quiñones –del que se ha publicado en Caballo e Historia--, justa en la que no se andó por las ramas. Esta contienda placía al rey Juan II de Castilla y a su protegido, don Álvaro de Luna, quienes no podrían justar precisamente.
            Juan de Merlo tuvo que ser un preciado caballero, pues el 2 de mayo de 1434, en Valladolid, en unas justas celebradas en la ciudad castellana, promovidas por Álvaro de Luna en honor --¡cómo no!— de Juan II, fue uno de los caballeros que “rompió varas muy bien rompidas” con el monarca castellano –quien, como es natural, le rompió una. De Merlo sabía muy bien con quien justaba.
            El caballero “lusitano”, según don Quijote, fue uno de los que acudió al ‘Passo Honroso’ de Puente Órbigo, celebrado entre julio y agosto de 1434, dos meses después, de Valladolid, porque la justa estaba bajo el patrocinio real, aunque su intención era probar sus “platas sencillas para hazer armas en Francia y quería provar su fortaleza”. En realidad quería valorar realmente la calidad de la armadura que llevaba para justar en Francia y conseguir honra y enjundiosos premios en metálicos. Con ello pretendía aumentar su prestigio como caballero en Castilla y en los reinos europeos.
            Su alta posición social y política hizo en el Puente del Órbigo exigir en la justa que se respetaran sus intereses particulares, lo que no se le concedió en su totalidad. De Merlos quería probar sus defensas diciendo que eran “sencillas” y que el impetuoso don Suero había pregonado que el día de Santiago haría armas sin tres piezas. Los jueces dijeron que “sus platas” eran más fuertes y seguras que las de don Suero, y no se lo permitieron. Juan de Merlo aceptó y luchó contra el “impetuoso” Suero de Quiñones, causándole heridas en el brazo izquierdo al impulsivo Quiñones, imposibilitándolo para la justa.

            Pero De Merlo quería gloria. Una gloria reservada a los elegidos. Una gloria que lo elevara a apuestos reservados a los nombres, aunque él no fuera nada más que un caballero, que desarrollaba una carrera en la Corte. No en vano, Juan de Merlo, después de los sucesos acontecidos en Tordesillas en junio de 1420 y conocidos como "atraco de Tordesillas"  --cuando el infante Fernando de Aragón, primo del rey Juan II, secuestró al monarca durante 18 días acompañado por 300 hombres-- fue nombrado Guarda Mayor del rey, un guarda mayor de nuevo cuño; un nuevo guarda de corps; un nuevo triunfo para don Álvaro de Luna y un nuevo ascenso para su protegido, el valeroso caballero don Juan de Merlo. De Merlo ascendió por méritos propios varios escalones de la Corte, hasta ser responsable de la vida del rey Juan II.