domingo, 25 de octubre de 2015

Espuelas doradas, ¿espuelas de caballeros?

Un 11 de julio de 1302 los tejedores, comerciantes y artesanos de las ciudades de Brujas e Ypres dejaron sus telares y batanes, sus comercios y zapaterías, uniéndose a conciudadanos comuneros hartos de la opresión francesa y plantarles cara a las tropas de Felipe IV el Hermoso, dirigidas por el conde Robert d’Artois, junto a caballeros y patricios belgas que apoyaban la presencia francesa. Unos 50.000 hombres se dice, entre ellos la flor y nata de la caballería gala, las espuelas de oro de la nobleza de Francia. Frente a ellos, 20.000 comuneros, artesanos e independentistas de esta zona, quizás la más próspera del momento, mandados por Guillaume Juliers, reforzados por caballeros belgas que desmontaron para luchar a pie ante la prepotencia francesa y la traición inglesa –que los había “vendido”. Los belgas, armados con lo que encontraron, sólo tenían infantería; los franceses, con lo mejor de su ejercito, brillante por tanta espuela dorada.
Se enfrentaron en la ciudad de Courtrai, cerca de la actual frontera francobelga. La caballería pesada de Felipe el Hermoso cargó contra los inexpertos infantes belgas, quienes, ayudados por un terreno pantanoso con algunos arroyos, soportaron el embite de los caballeros galos, quienes no podían maniobrar adecuadamente. Los caballos de esta primera oleada fueron masacrados, junto a sus jinetes. Robert d’Artois (curiosamente con el mismo nombre que el anterior director general de la Ecole Nationale d'Equitation Francaise Le Cadre Noir de Saumur, hombre que siempre ha defendido el bienestar del caballo, además de promocionar la cultura ecuestre, bajo cuyo  mandato la equitación francesa fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco), seguro y confiado en la superioridad de su caballería, ordenó una segunda carga y nuevamente los díscolos belgas la aguantaron y derrotaron a los invasores. No hubo prisioneros –lo que indica la “mano dura” de los franceses en esta zona—y los belgas, además, persiguieron a los supervivientes hasta matarlos, entre ellos a D’Artois. Entre los supervivientes se encontraban caballeros belgas que aprovechaban la presencia francesa para conseguir ventajas económicas y sociales. Al ser vencidos, estos belgas afrancesados intentaron, se dice, hacer valer su ascendencia flamenca. Los artesanos de Brujas e Ypres, así como los llegados de otros puntos de Flandes, no les hicieron caso y los mataron. Fueron delatados por una presencia orgullosa: las espuelas doradas. Los caballeros que lucharon junto a los insubordinados gremios flamencos combatieron pie a tierra. ¡No llevaban espuelas!
            La espuela es símbolo del caballero. El más preciado de todos. Desposeer de ellas a un caballero era la afrenta más grande. Pero la espuela es signo de compromiso caballeresco, no de vanagloria. Y este fue el error de los franceses en la batalla de Courtrai. Por una parte, la caballería pesada era difícil de organizar en la estrategia militar; por otra, la infantería estaba cobrando nuevamente protagonismo como arma fundamental en los ejércitos. Los caballeros medievales no eran muy dados a evolucionar y se fueron quedando atrás. No fueron capaces de adaptarse a los cambios porque no tenían una base cultural para hacerlo, como los caballeros de los reinos cristianos de la Península Ibérica, hombres de “entrambas sillas”, los suficientemente preparados para luchar, como los franceses, montados en caballos de gran alzada y con armaduras pesadas, a la brida; o como los árabes, con armamento ligero y caballos ágiles y pequeños, a la jineta. Eran hombres de la frontera entre los reinos cristianos y Al-Andalus, y fueron la base de la caballería moderna del Gran Capitán, Gonzalo de Aguilar y Fernández de Córdoba, más apegado a la caballería ligera en apoyo de las unidades de infantería.
            La soberbia de los franceses les impidió dejar las espuelas doradas. La soberbia los derrotó en Courtroi. Y esta misma soberbia hizo que 80 años después los franceses se vengaran saqueando la ciudad. Pero la mítica caballería medieval quedó tocada de muerte por unos tejedores, comerciantes y artesanos de Brujas e Ypres.
            Los belgas arrancaron todas las espuelas doradas que, junto a los estandartes conseguidos en la batalla, colgaron en la pared de la iglesia de Courtrai. Unos dicen que fueron 500, otros que 700, incluso se afirmó que fueron más. Carlos IV asoló, años después Courtoi y se llevó las espuelas. En su lugar se levantó el Arco de las Espuelas de Oro.

            Las espuela no hacen al caballero. Es el caballero el que se gana las espuelas actuando como tal. Da lo mismo que sean doradas, plateadas, pavonadas o aceradas. El jinete tiene que ser digno de las espuelas y, sobre todo, del caballo. Esto es lo que le hace caballero.