domingo, 28 de junio de 2015

El caballo, vehículo hacia Dios

Mañana se celebra en la Iglesia Católica y la Bizantina la festividad de San Pedro y San Pablo. Simón Pedro, el primer apóstol de Jesús, el primero entre los doces. Pablo, el llamado apóstol de los gentiles, que no conoció en vida a Jesús, que no perteneció al grupo de los doce, pero que llegó, según la tradición, a Cristo a través del caballo. Pero, en realidad ¿fue el caballo vehículo hacia Dios o se volvió a utilizar al noble animal?
La verdad es que en los Hechos de los Apóstoles se dice que cayó al suelo, pero no desde dónde. Tras su caída y ceguera, el judío Saulo se convirtió en el cristiano Pablo. No se indica que cayera desde un caballo
El dominico De la Vorágine, a mediados del siglo XIII, dice “cayó al suelo, derribado del caballo, para que tuviera ocasión de alzarse interiormente cambiado”. Cuando la obra del fraile italiano fue llevada a prensa allá por el XV, se ilustró con Pablo en el suelo, caído de un caballo. A finales del XVI o al alba del XVII se representó montado o caído de su montura por Parmigianino, Caravaggio, Murillo, Rubens, y otros. Pero por qué del caballo. Pues el caballo, el pobre animal, era tenido por elemento de fuerza, poder, prestigio, altura, riqueza. Y desde la Baja Edad Media se pensó que Saulo era rico, poderoso y soberbio. Y cayó a tierra por orden celestial. En una apreciación ligera sobre el tema y tras la caída se deduce que el caballo es vehículo hacia Dios.
El caballo fue el instrumento de esta caída, instrumento imaginado por el hombre, que sin ningún motivo, en esta ocasión, no sacó a relucir las cualidades que ennoblecen a esta animal, y que el animal devuelve al hombre enriqueciéndolo, otorgándole el título de caballero y todo lo que confiere esta dignidad.
En esta ocasión se situó al caballo en un escenario en el que posiblemente no estuvo, pero era necesario que asumiera el animal defectos aborrecibles del hombre como su afán de riqueza, de guerra, su orgullo, el placer desmesurado, la incredulidad hacia Dios y la fe en las propias capacidades humanas. El caballo, representado como animal funerario y, por lo tanto, vehículo de muerte. El caballo, señal de guerra y violencia.
De la Vorágine, el dominico genovés, hizo caer a Saulo de lo alto de todos los defectos enumerados anteriormente. Los pintores renacentistas y barrocos representaron en el suelo al apóstol de los gentiles, que antes de caer era un “anticristo”, montado  en los pecados capitales, simbolizado en el caballo. El caballo fue vehículo divino, pero no fue el caballo del Señor. El caballo sirvió –y sirve-- al hombre según sus apetencias. Con la caída de san Pablo el hombre no fue el amigo fiel del noble animal. El hombre buscó para engrandecer el levantamiento de Pablo las cualidades negativas en el caballo.

Pero el caballo no representa virtudes ni defectos humanos. El caballo es un animal con sus cualidades y características, con sus propios defectos y virtudes. Y el caballo es un animal que ha servido al hombre desde unos cinco mil años, ayudando a sus avances y progresos. El caballo es, en sí, un animal de Dios y, por tanto, un vehículo de Él.
 Murillo.

 Rubens.

                                                                          Caravaggio.

domingo, 21 de junio de 2015

¿Caballo andaluz o español? Mejor, caballo cordobés

En 1570 comenzó a gestarse en el Reino de Córdoba un experimento destinado a crear un caballo bello y noble, por mandato del monarca español Felipe II, bajo cuyo gobierno se formó el imperio más extenso que haya existido nunca. El producto que nació de aquel proyecto es lo que se denomina en la actualidad caballo español.
Pero, caballo español por qué.  Pues porque nació en España, se cría en toda la Península Ibérica y los ganaderos de cualquier zona del país producen ejemplares denominados Pura Raza Española (PRE). Con esta denominación no existe ningún roce cultural, ni político, ni comercial. Todo sigue en orden. Aunque desde siempre han habido voces que abogaron porque se llame ‘caballo andaluz’, ya que nació en Andalucía. Voces prestigiosas y cualificadas como el fallecido catedrático de Veterinaria José Sanz Parejo, al que se unieron otros destacados veterinarios y ganaderos. Es más, fuera de España se conoce como ‘andalusian horse’.
El denominado actualmente PRE nació en territorios protegidos al sur de la raya real, que lo conformaban los reinos andaluces más Extremadura y Murcia. Pero fue un producto genuino creado en las Caballerizas Reales de Córdoba.
En la actualidad sigue la polémica, aunque la patronal del caballo español, a nivel mundial, Ancce, prefiere que se denomine así, ‘español’. No se considera correcto que un ganadero de PRE gallego, navarro, catalán, valenciano, castellano, etcétera, críe caballos andaluces, aunque nació en una zona concreta de Andalucía.
Así que parece que aunque sea andaluz existe un conceso, que no ha tenido discusión alguna, para que se denomine español.
Esta misma pregunta la hace mi compañero Ramón Azañón, prestigioso fotógrafo ecuestre. ¿Caballo español o andaluz? Las dos denominaciones son válidas y aceptables. Andaluz en el extranjero; español en España.
Pero hay que volver la vista atrás y pensar que este caballo surgió en Córdoba; nació en la ciudad de la Mezquita. Se creó en Córdoba y en los siglos de esplendor español, precisamente cuando se gestó este caballo de paz, caballo inteligente, de aires altos, noble, versátil, de gran corazón, se conoció de otra manera.
En una obra de don Luis Mexías de la Cerda, titulada ‘La tragedia famosa de doña Inés de Castro, reina de Portugal’, este ‘licenciado’ sevillano dio a conocer la partida de nacimiento de este caballo nacido en los reales establos cordobeses, en la siguiente composición: "Frisona ha de ser francés/ el buen lebrel, irlandés/ el artífice, italiano/ el buen león, africano/ y el caballo, cordobés". El licenciado Mexías de la Cerda distinguía en esta selección al mejor caballo de aquella época, el siglo XVII, que era conocido como cordobés. Con este nombre de caballos cordobés ha sido valorado como ejemplar de élite a través de los siglos. Con este nombre se denominaba a un caballo noble, bello, fuerte y que solo los más poderosos podían poseer. Distinguía el caballo cordobés.
Y Benito Pérez Galdós, en sus ‘Episodios Nacionales’ de la serie cuarta en la obra titulada ‘O’Donnell’, publicada allá por 1904, refiriéndose a la época isabelina, habla del prestigio de los caballos andaluces, y en un momento determinado elogia al caballo cordobés, nombrándolo con ‘denominación de origen’: “… y tus faetones, tus caballos normandos o cordobeses o del demonio, te daban fama de esplendidez y el diploma de hombre de buen gusto”. 
El caballo cordobés estaba en el subconsciente de los españoles como caballo que distinguía, como caballo extraordinario, como caballo singular. Así que, posiblemente, el nombre que mejor define al caballo nacido en el reino de Córdoba y que ha subsistido hasta hoy, después de más de cuatro siglos, sea el de ‘cordobés’.


Caballo cordobés que pudo haber conocido el licenciado don Luis Mexías de la Cerda.
Fachada principal de las Caballerizas Reales de Córdoba.

Cuadra principal de las Caballerizas Reales de Córdoba, donde nació el caballo cordobés o andaluz o español.

Pato principal de los establos regios cordobeses.

viernes, 12 de junio de 2015

Constantino o el caballo como testigo de un simulacro político-religioso (y II)

Y así surgieron en el siglo V las denominadas Actas Sylvestri, en la que el papa Silvestre cobra un desmedido protagonismo, escondido ante las persecuciones decretadas por Constantino. Pero el “pérfido” emperador enferma de lepra, la enfermedad bíblica por excelencia, y tras perder la esperanza de la cura por los médicos del Imperio, en sueños se le aparecen, ni más ni menos, que san Pedro y san Pablo, quienes le indican que Silvestre lo sanará. El obispo de Roma bautiza a Constantino y lo cura, y éste le otorga al papa una serie de favores, como el privilegio de ser considerado en el Imperio la cabeza de la Iglesia. Y ni más ni menos que avalado por Pedro y Pablo y Constantino. Este texto falso fue junto con otro del siglo VIII, la llamada Donatio Constantini (“Donación de Constantino”), en el que se añade que Constantino, como agradecimiento a Silvestre, le confirió además el territorio italiano y la subordinación del emperador al poder de los papas –sí, la subordinación del soberbio Constantino al poder temporal del papado y, por supuesto, al religioso--. Y en el XIII se dio el espaldarazo definitivo a este plan para elevar el poder de los papas en los planos religiosos y políticos. El poder supremo del papado. Prueba de ello son los frescos de la iglesia de los Cuatro Santos Coronados en Roma, realizados durante el enfrentamiento entre el papa Inocencio IV y Federico II, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. En uno de estos frescos, Silvestre va montado en un caballo blanco y Constantino, vestido con toda la parafernalia regia para que se notara su calidad suprema, lleva las riendas del caballo. El mensaje es claro: el poder terreno está sometido al eclesiástico. Con estos dos documentos falsos el papado pretendía dar fundamento a su poder omnímodo, basado en el emperador por excelencia del cristianismo, Constantino El Grande, y por san Pedro y San Pablo. Con ello, además, justificaban sus derechos sobre la península Itálica. Aunque es inimaginable que el soberbio Constantino llevara de las riendas el caballo de nadie, ni de ningún obispo, mucho menos de Silvestres, que ni apareció por Nicea, donde Constantino dirigió a su antojo el concilio. De nuevo el caballo es utilizado para realzar a una persona, en este caso al representante de la Iglesia, dejando en un segundo plano a otro individuo privilegiado, Constantino, por gozar del supremo derecho de llevar las riendas del caballo. En realidad el caballo es utilizado por la ambición desmedida y el egoísmo más intransigente, intentando con su presencia justificar pasiones, aspiraciones ilícitas y avaricias. El caballo usado para elevar a los poderosos. El caballo utilizado en un simulacro político religioso para conseguir más poder.



domingo, 7 de junio de 2015

La carroza de Dios

El jueves pasado se celebró en algunas ciudades la festividad del Corpus Christi y este domingo lo harán la mayoría de las poblaciones españolas. El Día del Señor, como es conocido popularmente, uno de los días grandes de la Cristiandad, también tiene relación con el caballo, y más concretamente con un elemento que realza más el poder, la carroza.
            Con la Corte instalada en la villa de Madrid, allá por el siglo XVI, la carroza tomó un gran protagonismo en la vida social. Al no tener que desplazarse de una ciudad a otra la corte, se podían tener carrozas preparadas para asistir a cualquier evento real,  nobiliario e, incluso, pasear para exhibir el status del propietario. Con la proliferación de las carrozas, se dictaron normas caca vez más protectoras hacia la aristocracia y se restringieron los motivos de su uso.
            La carroza fue para el rey. La monarquía se exhibió en estos vehículos lujosos, y sus allegados, la alta nobleza y los cargos principales de la Corte y también eclesiásticos tuvieron como “tarjeta de visita” las carrozas y los coches de caballos. Sólo los grandes utilizaron estos vehículos durante los siglos XVI al XVIII.
            A lo largo de la Historia los reyes lo han sido por gracia divina, una manera de defender su privilegiada posición y tener el apoyo de la población –y el de la Iglesia, que de esta manera también tenía ascendencia sobre el poder real--.
            El carro, vehículo de dioses y divinidades, pasó a los reyes, desde Persia, como símbolo del poder supremo, hasta la Península Ibérica, a unos reyes que se sentían elegidos por Dios –un Dios que, por lo visto, solo bendecía a los miembros de la familia real--.
            Tan creído se tenían los monarcas que su realeza era por gracia divina que Carlos II, según se cuenta, a principios de 1685, cuando viajaba en carroza, por Madrid, a orillas del río Manzanares, se encontró con el párroco de la iglesia de San Martín, que llevaba el viático a un enfermo. El último de los Austrias hispano se bajó de la carroza, se arrodilló ante el Santísimo, el único que estaba por encima de él, y cedió el vehículo al sacerdote para que lo llevara raudo al enfermo. Este hecho fue fundamental para que Dios estuviera en la carroza, símbolo de la realeza que desde esta fecha elevó al carruaje a vehículo divino, y se magnificó, teniendo gran trascendencia, dejando los nobles y principales sus mejores carrozas para que los sacerdotes llevaran el viático a los enfermos. Principalmente porque el hecho se politizó, convocándose un certamen poético para encumbrar tan humilde gesto regio. Tanta importancia se le dio al suceso que esta convocatoria llegó a tierras americanas, participando en ella sor Juana Inés de la Cruz, curiosamente religiosa de la orden de San Jerónimo. Y precisamente con el primer Borbón que tuvo el reino de España como rey, Felipe V, sobrino nieto de Carlos II, se dictó auto regio obligando a los miembros del consejo real a dejar sus carruajes al encontrarse con el Santísimo.
            Se prestaron para este oficio las carrozas mejor decoradas y las más destacadas. Se construyeron nuevas, sobresaliendo respecto a la de reyes y aristocracia y decoradas con pinturas alusivas a la Sagrada Eucaristía. Los nobles dejaron para este fin sus mejores carruajes, aduciendo que tanto lujo y riqueza eran más digno del Rey de Reyes que de los monarcas terrenos, que ya demasiado tenían con agradecer al Creador el ser reyes por su gracia.

            La carroza fue el vehículo de Dios. Al final el hombre supo poner el carruaje en el lugar donde se vanaglorió, en el Olimpo de los dioses, cuando las deidades griegas controlaban el tiempo, las estaciones y los sucesos de los humanos precisamente a través de los carros tirados por caballos, cisnes, caballos de mar, leones y otros animales. El carro pertenecía a Dios, al Hacedor, para mayor gloria suya. Y la carroza, tirada por caballos o por personas, llevó a Dios en uno de los “días que brillan más que el Sol”, el jueves del Corpus Christi. Recuerdo de ello son las carrozas que hubo o hay en Toledo, Logroño, Granada, Ávila, etcétera. Son las carrozas de Dios.