domingo, 31 de mayo de 2015

Constantino o el caballo como testigo de un simulacro político-religioso (I)

La grandeza del hombre es un reflejo de sus miserias. Ni Dios, ni los dioses, ni los hombres, ni los caballos son respetados en pro de la ambición personal, que como tal ambición desmedida desean perpetuar en las instituciones que gobiernan o crean, imaginando que a través de ellas vivirán o gobernarán para siempre. Como decía el psiquíatra Carlos Castilla del Pino “uno sobrevive sólo en el recuerdo de los demás”. Y por sobrevivir en el recuerdo de los demás el hombre ha mentido, falsificado, despreciado y eliminado obstáculos sin reflexionar, ni valorar, ni respetar al hombre. Una historia de ello es la de un personaje venerado por la cristiandad, sobre el que la misma religión cristiana levantó una leyenda para cobrarse lo que antes este personaje obtuvo en su provecho de la legalización de esta religión nacida del Judaísmo dos siglos atrás. Se trata de Cayo Flavio Valero Constantino, vulgo Constantino el Grande. Hombre de personalidad fuerte, más bien ególatra, destacando su megalomanía como cualidad principal, no tuvo escrúpulos en apoyar al incipiente Cristianismo de base martirial para proclamarlo como una de las religiones principales del Imperio Romano que reunificó tras derrotar personalmente a los augustos Majencio y Licinio, pares suyos. La estructura que imaginó del Cristianismo, o quizás la que extrapoló hacia esta incipiente religión, le interesó para mantener el esqueleto de su imperio, de claro corte oriental, donde el monarca –en este caso el emperador— estaba en la cima, a la que era cuasi imposible llegar debido al círculo de cortesanos que rodeaban al emperador, quien destacaba por sus gestos, sus vestiduras, su mobiliario y su liturgia. El emperador era único e inalcanzable. Y esto lo entrevió el emperador nacido en la Mesia, hijo de Constancio Cloro y de la santa posadera Elena. Apoyó al paganismo y al Cristianismo y en el concilio de Nicea elevó a éste último cuasi a religión oficial y él mismo, sin estar bautizado, dirigió de principio a fin la reunión en su provecho, definiéndose como obispo e incluso apóstol. Hay incluso quien dice que en el Cristianismo existe un antes y un después de la interferencia de Constantino el Grande. Tanto que su principal consejero fue el obispo de Córdoba Osio, en detrimento del insignificante obispo de Roma, Silvestre, que, a pesar de ser papa --se comenta que sobresalió por la construcción de algunos templos, como el de San Juan de Letrán, o por haber impulsado la liturgia--, no estuvo siquiera en Nicea, aunque a la ciudad situada en Bitinia (Asia Menor) acudieron cuasi todos los obispos cristianos. Por cierto, que el narcisista Constantino –que gobernó como emperador desde 314 a 337--, aún teniendo a Osio como asesor, sólo se bautizó poco antes de su muerte y precisamente por un obispo arriano –la herejía combatida en Nicea--, Eusebio de Nicomedia. Constantino potenció una religión que aumentaba su poder, pero lo que no supo calibrar es que esta religión lo absorbería en la posteridad e impregnaría su leyenda con lo que el Cristianismo requería.  Con estos favores al cristianismo Constantino se presentó ante el pueblo como avalado por Dios, y el imperator le otorgó privilegios a los obispos de Roma. Y los obispos de Roma aprendieron que ellos también podían tener la primacía religiosa.


viernes, 22 de mayo de 2015

Pablo de Céspedes, cuando la pintura se hace palabras en el caballo

Uno de los caballos más bellos del mundo, dicen, es el español. El proyecto genético más importante iniciado del siglo XVII por Felipe II, cuando España entró en un período de paz y bonanza económica. El monarca de la casa de los Austrias, en este período de calma y sosiego, abandonó los enormes y sufridos caballos centroeuropeos de guerra para crear un caballo nuevo, el caballo de la paz. Animal elegante, soberbio en belleza, equilibrado y armonioso en las formas, esforzado en el cuerpo y el espíritu y noble de corazón. Es el caballo español. Eligió como responsable de este experimento a don Diego López de Haro, caballerizo mayor al que ordenó en 1565 crear un caballo nuevo, el caballo español. Y también eligió Córdoba como la ciudad idónea para que se llevara a cabo este proyecto, mandando, así mismo, construir las Caballerizas Reales en la ciudad de la Mezquita. Fueron más de treinta años eligiendo yeguas, seleccionando sementales, enamorándose de ejemplares nacidos de estos cruces y tomando la decisión de cuáles eran los idóneos para ser caballos de reyes, de paz y ser montados por los monarcas en una mañana luminosa pasando revista a victoriosos ejércitos o paseando por bosques o jardines regios. Fueron caballos elegante, soberbio en belleza, equilibrado y armonioso en las formas, esforzado en el cuerpo y el espíritu y noble de corazón. Fueron los caballos andaluces, reconocidos cinco siglos después en todo el mundo como andalusian horse, y en España, por cuestiones políticas y económicas, caballo español. Ha sido definido en novelas y destacadas su cualidades; los pintores lo han exaltado y la poesía ha elevado sus cualidades y belleza.
         Hubo un pintor y poeta sobresaliente en la Córdoba del XVI. Pablo de Céspedes, escultor, pintor, escritor, poeta, arquitecto y racionero de la Catedral de Córdoba. Un intelectual nacido en la que fue resplandeciente capital de Al Andalus sobre 1538 y fallecido en la misma ciudad en 1608. Fue coetáneo de don Diego López de Haro y conoció durante sus dos estancias en Italia –regresó a Córdoba para quedarse en la ciudad en 1577, aunque con frecuentes viajes a Sevilla— a importantes y prestigiosos artistas de todas las ramas, por lo que es lógico que estuviera influenciado por la plasticidad y belleza de todo lo relacionado con el caballo. Destaca su obra ‘El poema de la pintura’, escrito a finales de su vida, en el que la crítica comparó los versos dedicados al caballo con los que Virgilio dedicó al noble animal. Cultura latina, conocimiento del caballo en la ciudad de Córdoba –como racionero de la Catedral vería con frecuencia los ejemplares de las vecinas Caballerizas Reales-- y una sensibilidad especial de un artista, humanista y principal valedor del Renacimiento italiano en España. Posiblemente sea la primera y más bella descripción del primer y más bello ejemplar de caballo español creado por el principal artífice material de estos animales, Diego López de Haro; las palabras de un insigne pintor español, su paisano Pablo de Céspedes, pintor destacado en su época que puso su paleta de colores al servicio de la palabra para describir el caballo español:

Más sobre todo ten siempre a la mano
El bizarro dibujo del caballo,
Con que tanto enriquece la pintura
El aliento, caudal y hermosura.
Muchos hay que la fama ilustre y nombre
Por estudio más alto ennobleciera
Con obras famosísimas, do el hombre
Explica el artificio y la manera:
Solo el caballo les dará renombre
Y gloria en la presente y venidera
Edad, pasando del dibujo esquivo
A descubrirnos cuanto muestra el vivo.
Que parezca en el aire y movimiento
La generosa raza do ha venido:
Salga con altivez y atrevimiento
Vivo en la vista, en la cerviz erguido;
Estribe en firme el brazo en duro asiento
Con el pie resonante y atrevido.
Animoso, insolente, libre, ufano,
Sin temer el horror de estruendo vano.

Brioso el alto cuello y enarcado
Con la cabeza descarnada y viva:
Llenas las cuencas: ancho y dilatado
El bello espacio de la frente altiva:
Breve el vientre rollizo, no pesado
Ni caído de lados, y que aviva
Los ojos eminentes: las orejas
Altas sin derramarlas y parejas.

Brilla hinchado el fervoroso pecho,
Con los músculos fuertes y carnosos:
Hondo el canal dividirá derecho,
Con gruesos cuartos limpios y hermosos:
Llena la anca y crecida: largo el trecho
De la cola y cabellos desdeñosos:
Ancho el hueso del brazo y descarnado:
El casco negro, liso y acopado.

Parezca que desdeña ser postrero
Si acaso caminando, ignoto puente
Se le opone al encuentro, y delantero
Precede á todo el escuadrón siguiente;
Seguro, osado, denodado y fiero
No duda de arrojarse á la corriente
Raudal, que con las olas retorcidas
Resuena en las riberas combatidas.
Si de lejos al arma dio el aliento
Ronco la trompa militar de Marte,
De repente estremece un movimiento
Los miembros, sin parar en una parte;
Crece el resuello y recogido el viento
Por la abierta nariz ardiendo parte;
Arroja por el cuello levantado
El cerdoso cabello al diestro lado


Quizás sea un retrato pintado con las palabras de Pablo de Céspedes, que conoció de primera mano al caballo andaluz, el caballo de Felipe II; el caballo antecesor del actual PRE. 




sábado, 16 de mayo de 2015

Don Suero de Quiñones, ¿caballero o follón? (y II)

 La Edad Media estaba muriendo. El rey, como era norma en estos casos, mandó recado a todas las cortes europeas y a los reinos peninsulares. Pero solo acudieron al puente de Órbigo tres caballeros allende los Pirineos. Ningún castellano, y eso que hubo numerosos peregrinos de aqueste reino que fueron en “romería” en este año jubilar a buscar las “perdonanzas” a Santiago de Compostela y tuvieron que cruzar el puente, a lo que se añadieron las numerosas protestas de algunas damas y caballeros por la “molestia” que suponía un situación extraña –un caso notable fue del mayordomo mayor de Álvaro de Luna, Juan de Merlo, quien, muy cortésmente, le dijo que le gustaría luchar allí para prepararse, pero que “havía de fazer armas en Francia”. A De Merlo no le dejaron combatir cuando él pidió, y lo hizo dos días después, hiriendo a don Suero, rogando (¡sí, s!, el bravucón don Suero rogando) que los dos pidiesen a los jueces que velaban por el buen desarrollo del paso que diera la contienda por terminada. Juan de Merlo, consciente de que Suero era sólo eso, un segundón, lo humilló, respondiéndole “que le plazía”, pero que le pusiesen otro caballero en su lugar. De Merlo quería probar sus armas y que le dejaran de tonterías. Suero de Quiñones no aceptó, y el paso quedó por concluido, quedando el caballero leonés imposibilitado ya para todo el reto, que aún había de continuar casi dos semanas después. Curioso--. Todos los caballeros restantes fueron aragoneses –es decir, de Aragón, Cataluña y Valencia--. Al final no se rompieron las 300 lanzas –solo 166, aunque, eso sí, en 700 combates--, pues los caballeros que lucharon no llegaron a las siete decenas en el tiempo establecido, aunque los jueces declararon el paso como si hubiera sido así. De esta manera don Suero pudo acudir al templo de Santiago, quitarse su cadena y colocar en el busto de Santiago Alfeo o ‘El Menor’ un collar de oro, quedando liberado de su ‘prisión de amor’. Pero, qué hubo detrás del Paso Honroso y de don Suero. Juan II no se llevó bien con los aragoneses, llegando a las armas. Parte de esta confrontación nace de su condestable, Álvaro de Luna, que tenía relaciones familiares con Aragón, y que intentó mostrar su superioridad ante los aragoneses, actitud que fue humillada en el Paso de la Fuerte Ventura, en Valladolid en 1428, donde los aragoneses vencieron a Luna. El condestable castellano utilizó a su continuo, Suero de Quiñones, para olvidar esta afrenta. Un continuo era un individuo de las fuerzas permanentes creadas por Álvaro de Luna para defender al rey a al mismísimo condestable, y Quiñones parece que fue un agradecido a su señor, por tenerlo en nómina durante todo el año, de manera continua. Curiosamente Suero de Quiñones murió en una celada que le tendió un compañero suyo, o en combate en buena lid según otros, contra don Gutierre González de Quijada, que estuvo en el Puente Honroso combatiendo contra los compañeros de don Suero y que, por lo que se ve, no lo hizo tan mal. Pero al final las rencillas no se olvidaron y González de Quijada mató a don Suero. Si en la actualidad se le honra a don Suero de Quiñones como prototipo de caballero, Cervantes, en boca de don Quijote, enaltece a don Gutierre y lo presenta como descendiente de González de Quijada, que además, triunfó en combates singulares en Borgoña. Más bien parece que don Suero fue más follón –palabra que en época cervantina significa "hombre vano, soberbio y jactancioso, lleno de vanidad. Follón es una palabra que deriva de la francesa "folie", que significa locura- que caballero ejemplar.

Imagen de don Suero tomada de una publicación celebrada en el sexto centenario del Paso Honroso.

viernes, 8 de mayo de 2015

Don Suero de Quiñones, ¿caballero o follón? (I)

Un suceso que tuvo fama continental a finales de la Edad Media acaecido en el reino castellano fue el capitaneado por el caballero don Suero de Quiñones en el denominado “Paso honroso”. Era don Suero un segundón leonés nacido allá por el 1409, época turbulenta para las ideas caballerescas, más en la Península Ibérica. Existían batallas en la frontera con el reino musulmán de Granada, aunque por las mesetas castellanas solo tensiones y algunos enfrentamientos entre la nobleza y roces entre reinos cristianos. Segundón bravío que, según él mismo, pidió permiso al rey castellano Juan II para llevar a cabo un paso (enfrentamiento medieval en el que un caballero le impedía el paso al otro por ese lugar a no ser que rompieran entre ellos tres lanzas, por lo que se elegían los puentes). La excusa de este paso eran los problemas de amor que sufría don Suero por su amada, que, por lo que él mismo contó, no le hacía ningún caso.  A causa de ello, el bravucón leonés lucía, por promesa, todos los jueves una argolla de hierro al cuello por causa del desamor, y para librarse de ella le pidió permiso al rey para celebrar un paso y conseguir, si cumplía las condiciones, la ansiada libertad. El intrépido leonés combatió en guerras en Granada, aunque se cuenta que en alguna ocasión propicia hubo de atacar y no lo hizo, participando en la batalla de la Higueruela. Tuvo algunas desavenencias con su señor, el condestable de Castilla Álvaro de Luna. Motivado por algunas intrigas cortesanas, fue preso y cambiado junto a otro caballero por el duque de Medinaceli, consiguiendo la libertad. Pues bien, este caballero que anduvo envuelto en el extraño y peligroso espacio que está destinado para los poderosos, no dejó de ser un segundón en todos los aspectos, aunque personificó uno de los hechos caballerescos más famoso del Medievo. Se presentó con nueve caballeros más al rey Juan II el viernes 1 de enero de 1434, que teniendo la corte en Medina del Campo, “a la prima hora de la noche más o menos” estaba celebrando una fiesta.  Y curiosamente, el cuarto personaje más importante del reino, tras el rey, la reina y el príncipe heredero,  era su señor, “el magnífico e famoso señor Don Álvaro de Luna su criado –del rey—Maestre de Sanctiago y Condestable de Castilla”. Allí don Suero expuso su situación y pidió al rey que para rescatarle a él –a don Suero—sería necesario romper 300 lanzas con él y sus nueve caballeros –que por cierto, se presentaron en la fiesta regia armados como caballeros y don Suero con su argolla, aunque era viernes--, tres con cada caballero, quince días antes de la celebración de Santiago Apóstol y quince días después. Don Suero, con los suyos, había de salir vencedor para liberarse del desprecio de su amada. Y el arrogante caballero leonés leyó ante el rey veintidós condiciones, entre ellas una que en principio se podía considerar una muestra de cortesía, pero que posiblemente tuviera una intención encubierta: que ni el rey ni don Álvaro de Luna podían participar en el duelo. Curioso. El perplejo Juan II se comprometió a que se celebrara el paso cerca de la puente del río Órbigo, puente de penitentes del Camino de Santiago  y, precisamente, en año de “perdonanzas” o jubilar, y  de anunciarlo a toda la cristiandad, es decir, a toda la Europa cristiana. Con toda la parafernalia exacerbada por la distancia de la anterior época caballeresca se montó el lugar del torneo, en la localidad de Hospital del Órbigo. El primer renacimiento estaba surgiendo.



viernes, 1 de mayo de 2015

La carroza: el rey se aleja del pueblo

El caballo realzó a los poderosos, los subió a un nivel superior. Controlando al bello y poderoso animal se reafirmaba el poder. El rey cercano, pero destacado del resto de los mortales. El pueblo en la alta Edad Media sentía al rey como alguien suyo, poderoso pero visible. Era la relación que siempre había existido entre el pueblo y sus dirigentes. Guardando la distancia pero viéndose las caras. Predominaba el pragmatismo occidental en contra de la elevación divina de las monarquías orientales. Una relación de señor con vasallos con escasos intermediarios. Pero el astuto e inteligente Constantino el Grande inició un protocolo que alejaba al emperador de sus súbditos. Era imposible llegar a él. Los franceses, destacando entre ellos Carlomagno, fueron perfeccionando este ritual y a mediados del siglo XVI los duques de Borgoña concibieron unas normas que los realzaban y elevaban a unas posiciones casi divinas e intocables. Estas normas controlaban toda la vida social y política y ordenaba la situación en la Corte, introduciendo uniformidad en todos sus actos. Y estas normas o protocolo borgoñés fue la base de la Corte hispana en la Edad Contemporánea, aunque con anterioridad se celebraron, según las costumbres borgoñonas, banquetes y ceremonias en Castillas muy alejadas de las sobrias normas castellanas. Fue el emperador Carlos quien introdujo de manera oficial este protocolo borgoñón o borgoñés en Castilla para educar a su hijo y futuro emperador Felipe II según las normas europeas de entonces. Este protocolo borgoñón pretendía, entre otros objetivos, institucionalizar la figura del rey, elevarlo, casi divinizarlo y alejarlo del común de la gente. Y la etiqueta borgoñona introdujo y regularizó un elemento hasta entonces extraño a la monarquía, la carroza. Fue utilizada por la realeza y la nobleza que ostentaba el verdadero poder, e influyó en la imagen que se daba del rey. Sin valorar posiblemente la repercusión que las carrozas y los coches a caballos iban a tener, estos vehículos consiguieron en principio sus objetivos: elevar la figura del rey y alejarla, como había hecho unos mil doscientos años antes Constantino el Grande. El rey estaba presente, pero no se presentaba al pueblo. La carroza era símbolo de la realeza, pero no permitía ver al monarca. La carroza era símbolo del poder casi divino, ensalzando a estos hombres poderosos. La carroza era icono de ostentación al estar construida con maderas nobles, decoradas profusamente con pinturas alegóricas y adornadas con materiales ricos. La carroza, símbolo del poder, al estar tirada por bellos y fuertes caballos atalajados con ricas y ostentosas guarniciones y rodeadas de nobles con importantes cargos en la Corte. La carroza, símbolo de la fractura social: solo los poderosos podían poseerlas y los poderes ejecutivo y legislativo estaba con ellos, surgiendo leyes que regulaban la cantidad de caballos que tiraban de ellas y la propiedad de los mismos, penalizando a lo que tuvieran poco caballos o no fueran propietarios. La carroza, materialización de todo lo contrario que predicaba Isabel la Católica: un rey cercano, que todos lo vieran. La carroza, que alejaba al monarca del pueblo. Una nueva era estaba comenzando.