viernes, 24 de abril de 2015

Los Ulad Sidi Cheik o el amor religioso a los caballos

El caballo es el animal más admirado por el hombre y su nacimiento es un hecho divino en algunas culturas. No se puede olvidar a Poseidón, quien creó a este poderoso y bello animal golpeando con su  atributo de autoridad, el símbolo de la divinidad marina, el tridente, una roca de la Acrópolis ateniense, en una disputa con la diosa Atenea por controlar el Ática, naciendo el caballo. Para los árabes, el mismo Alá lo creó con el viento del Sur y fue un regalo para su pueblo. En el subconsciente del hombre persiste la idea de la grandeza que le aporta el caballo y por ello le otorga un origen divino. Y este concepto fue transmitiéndose de generación en generación en las culturas que supieron valorar el caballo como elemento indispensable para la supervivencia, para la expansión y la riqueza. La cultura del caballo por encima de todo. Un ejemplo de ello es lo que cuenta el general francés Eugenio Daumas, quien pasó gran parte de su vida en Argelia, participando tanto en las campañas contra Adb el Kadir como en el Departamento Árabe o en el Ministerio de la Guerra dentro del Negociado Argelino. Su obra más famosa es ‘Los caballos del Sahara’, que recoge, entre otras noticias políticas, referencias importantes sobre el caballo y su cría. Pues bien. Daumas relata en sus interesantísimas páginas una conversación sobre caballos con un líder espiritual musulmán, un ‘marabú’, de la tribu de los Ulad sidi Cheik, de Argelia. Éste, rompiendo las normas de educación del desierto –pues el militar galo estaba hablando sobre conceptos que superaban la ‘paciencia’ de este personaje, educado doblemente en la cultura del amor al caballo: la milenaria de los jinetes númidas o mauritanos y la de los habitantes de la Península Arábiga--, le contestó airado: “Ustedes los cristianos no pueden entender eso. Los caballos son nuestra riqueza, nuestros festejos, nuestra vida, nuestra religión. El Profeta ha dicho: “Los bienes de este mundo, hasta el día del Juicio, estarán colgados en la crines que hay entre los ojos de los caballos”. El ‘marabú’ estaba defendiendo sus conceptos sobre un animal ‘sagrado’, fundamental para la supervivencia, posición social y riqueza de la tribu. El caballo se inserta en el nervio religioso. Es obra del Supremo Hacedor y como  tal es considerado. Es la riqueza de la tribu porque da prestigio, poder y es la “bendición suprema”. Es un amor o devoción que “no se puede entender” por quienes la profesan. Porque es obra de Dios.




viernes, 17 de abril de 2015

‘Bucéfalo’, el caballo que trascendió a Alejandro Magno

Alejandro de Macedonia, de sobrenombre El Magno, no sobrevivió a la grandeza forjada en torno a él. Murió lejos de su tierra, viendo como su ejército sucumbió en parte a las adversidades de la Naturaleza; cómo sus amigos verdaderos morían antes que él. Sus sueños no fueron capaces de sostenerse, derrumbándose su breve imperio. Exterminaron a su hijo y su familia. Sólo pasó al recuerdo de la Historia su hazaña efímera. A sus fronteras llegó cerca de cinco siglos después un gran militar y mejor gobernante que, aunque sin descendencia natural, sí dejó a un familiar en el gobierno del Imperio que acrecentó, sobreviviéndole varios siglos después, y que forma la base de la actual cultura occidental. Fue Marco Ulpio Trajano, el primero de los emperadores hispanos, el Optimus Princeps, Germanicus, Dacicus y, precisamente, Parthicus. Trajano pasó a la posteridad como un político moderno, que repartió pan y ‘seguridad social’ entre los necesitados de Roma; llevó al Imperio a su máxima extensión y a la paz, gozando de un extraordinario poder económico y cultural. Al emperador hispano le gustaban los jinetes númidas. El Magno pasó a la Historia por sus hazañas y por gustarle los caballos, principalmente ‘Bucéfalo’. Este caballo de capa negra formó parte del self de Alejandro. Comprado, según cuenta Plutarco, a un tesalio de nombre Filónico por trece talentos, precio desorbitado —o dieciséis, según Plinio El Viejo--, lo domó cuando tenía Alejandro quince años. Murió ‘Bucéfalo’ casi con la misma edad con la que falleció Alejandro. Fue llorado por el príncipe macedónico tras su muerte en las guerras contra el rey Poro de la India, en la batalla que tuvo lugar a orillas del río Hidaspes. Tanto lo sintió El Magno que fundó en este lugar de la rivera del río afluente del Indo una ciudad en su honor, Bucefalia,
Alejandro y ‘Bucéfalo’ o ‘Bucéfalo’ y Alejandro entraron en la leyenda. Alejandro siguió solamente en ella. ‘Bucéfalo’ dejó descendencia durante mil seiscientos años más. Esto es lo que nos narra “mi señor” Marco Polo en su grandísima obra ‘La descripción del mundo’. A micer Marco Polo le contaron, según se desprende del códice ‘Navigatione et viaggi’ (Venecia 1559), que en la provincia de Badascián –actual Badajshan, entre Afganistán y China--, que hasta poco antes de su llegada se encontraban caballos que descendían de la raza de ‘Bucéfalo’, teniendo todos los ejemplares la misma señal en la frente que el negro de Alejandro Magno, un lucero blanco parecido a la cabeza de un buey. De ello se deduce que ‘Bucéfalo’ era un caballo de poca alzada, ágil, fuerte y rápido, capaz de realizar grandes distancias. Hay quienes adelantan que el caballo de Alejandro era un ejemplar de la raza akhal-teke. En esta tierra sobrevivieron durante un tiempo los sucesores de Alejandro Magno. Y también los caballos descendientes de ‘Bucéfalo’, que tuvieron que ser muy apreciados porque eran, según Polo, propiedad de un tío del rey que gobernaba la provincia. Y quince siglos después del fallecimiento por un grave desenlace de la malaria o por envenenamiento del hijo de Filipo III de Macedonia, la descendencia de ‘Bucéfalo’, por celos –que posiblemente fueron también la causa de la muerte de Alejandro, en caso de que sea verdad la teoría del envenenamiento--, igualmente tuvo un desenlace trágico. El rey de la provincia de Badascián quiso un caballo de esta raza, pero su tío se negó, por lo que fue muerto. La esposa del tío del monarca, dolida por la muerte de su marido a quien amaba, hizo que mataran a todos los caballos de la estirpe de ‘Bucéfalo’, la causa de la muerte de su esposo. De esta manera ‘Bucéfalo’ trascendió en la línea de la Historia a su dueño, al que llevó a orillas del Indo. Pero el tiempo los volvió a unir en el mundo del mito mil seiscientos años después.




viernes, 10 de abril de 2015

Carpentum, carro de damas, lujo y ceremonias fúnebres (y II)

El carpentum tenía todo el atractivo que hace más de un siglo y en la actualidad poseen los carruajes de dos ruedas. De forma semicircular y cubierto, era tirado por dos mulas –raramente por caballos--  y tenía capacidad para dos o tres viajeros, además del cochero. Por lo tanto, era un vehículo con una cierta intimidad  en el que las personas que viajaban en él podían destacar más y sobresalir ante tan escasos ocupantes. Era un carruaje de placer, para recorridos cortos, principalmente por las ruidosas  bulliciosas y, en ocasiones, estrechas calles de Roma. El interior del carpentum poseía comodidades y lujos, con cortinas y  asientos confortables fabricados en seda. En su construcción se emplearon bronces, plata e incluso oro, estando talladas sus maderas y cincelados bellamente los metales, sobresaliendo en ocasiones las columnas virtuosamente trabajadas que soportaban el techo de estos carruajes, como las cariátides que aparecen en el carpento de la medalla conmemorativa de los juegos en honor a la madre de Calígula, Agripina, que el emperador mandó acuñar. Estas columnas servían, además, para sostener la cubierta de estos carruajes, otro de los signos que identificaban a estos antecesores de los tilburys, curricles, cabriolets, charretes, dog carts, calesas, bugys, tándem cars, tonós, etcétera. Eran vehículos siempre cubiertos.
            En definitiva, el carpentum o carpento fue un carro de lujo, cómodo, elegante, utilizado en ocasiones solemnes reguladas por el emperador  y el Senado, acomodado para las matronas principales de la urbe por excelencia, construido para realzar la presencia de sus viajeros y deseado por las mujeres de las gens más importantes romanas para destacar y llamar la atención. Carro de vestales, que transportaban en ellos los productos de la ofrendas, estaba profusamente adornado y las matronas romanas se exhibían en él, pues tenían la precaución de dejar recogidas las cortinas cuando paseaban por la Urbe, para mostrar su alta posición social –siempre que el Senado aprobara la petición, aunque raramente la concedió--, siendo guiado por el cochero de la familia. Su importancia también deriva de su uso como carro fúnebre, pues transportó, en contadas ocasiones, las urnas con restos de personas insignes dentro del Imperio. Los paneles del vehículo se encontraban tallados totalmente, mostrando la urna funeraria, flanqueada por las cuatro columnas y con un techo arqueado, como el frontal del carruaje. En ocasiones, siempre que se utilizaba como vehículo fúnebre, podía ser tirado por cuatro caballos. ¡Un envidiable ejercicio de guía para un carruaje de dos ruedas!
            El carpentum, un coche que nació  hace más de 2.500 años y que fue muy bien recibido en el siglo XIX, se consagró nuevamente en el XX y es un símbolo en el XXI, personificado en los tilburys, bugys, curricles, cabriolets, charretes, dog carts, etcétera, que existen en la actualidad en todo el mundo.






viernes, 3 de abril de 2015

El caballo en la Semana Santa

El caballo no ha tenido un lugar preeminente entre los judíos ni en la Biblia. Es en el Barroco, ya con el Cristianismo, cuando algunos pintores situaron a este animal en un plano secundario en obras que trataban la crucifixión de Cristo, sirviendo de elemento de poder para elevar a los centuriones del Imperio Romano causantes del deicidio. A partir de aquí, el caballo, como elemento consagrado en el Barroco, comienza a estar presente en la Semana Santa, principalmente como elemento decorativo, accesorio o alegórico y, en raras ocasiones, como vehículo de mensajes profundos emanados del Antiguo y Nuevo Testamentos.
            A principios de la centuria decimonónica se comienzan a realzar los desfiles procesionales el Viernes Santo, en la que en España se denominó como "procesión oficial", la del Santo Entierro y/o Soledad. Solían ser batidores del Ejército o policías municipales montados, ambos en trajes de gala, incluso miembros de escuadrones de la Guardia Civil, los que formaban parte del cortejo fúnebre de esta manifestación religiosa para darle mayor solemnidad. Esto sucedió en numerosas ciudades españolas. Pero casi un siglo antes, la alegoría del poder terreno, representada por los romanos que acompañaban a los pasos, se enriquecieron con escoltas de caballería; imaginación plena barroca para engrandecer el gran teatro de catequesis católica que es la Semana Santa, más que testimonio histórico, pues la caballería romana jugó un papel secundario en el ejército imperial ante el poderío de las legiones de la ciudad de las siete colinas. En Castro del Río (Córdoba) aún pervive esta escolta de caballería el Viernes Santo. Se trata de una escolta de lanceros a caballo que tiene sus orígenes en la época dorada y de esplendor del Barroco.
            En la Semana Santa de Lorca (Murcia) el caballo, en cambio, es vehículo principal para mostrar pasajes bíblicos. En Lorca, desde principios del siglo XX, el caballo sirve de apoyo para resaltar pasajes del Antiguo Testamento y hechos acaecidos durante el Imperio Romano. Son cientos de caballos murcianos y de algunos puntos de España los que se citan en una de las avenidas principales de esta importante población de Murcia. Además, el Viernes Santo, desfila la Caballería del Triunfo, una alegoría en la que emperadores defensores de la Fe Cristiana montan espléndidos caballos. Estos personajes lucen unos magníficos mantos bordados y esta caballería, perteneciente al Paso Azul, es la anunciadora del triunfo del Cristianismo. En Lorca el caballo es un elemento fundamental para realzar a personajes principales, elevarlos a dignidades superiores y mostrar, montados a caballos, una victoria, la del Cristianismo, que precisamente forjó Europa a través de los siglos; una Europa que vio nacer la cultura caballeresca más importante que ha existido.
            En Lorca, el caballo comienza a tener peso en cuestiones de fe, dejando de ser en parte el olvidado del judaísmo y sirviendo como premonición del  protagonismo que alcanzó en la caída y posterior iluminación de san Pablo.
            El caballo en Semana Santa como elemento decorativo; como parte fundamental en la representación del triunfo del Cristianismo y como pieza profética de la victoria de la fe, años después de la Muerte y Resurrección de Cristo.

Romanos a caballo en Castro del Río. Del romanosdecastrodelrio.blogspot

El caballo en la Semana Santa de Lorca. Del blog de Tuico.