viernes, 27 de marzo de 2015

Carpentum, carro de damas, lujo y ceremonias fúnebres (I)

Creemos que la época dorada del carruaje fue el siglo XIX en Inglaterra, Alemania, Francia, Austria  y España, entre otras naciones europeas. Y pensamos que los siglos anteriores fueron los de la presencia elitista de las carrozas entre la realeza. Pero antes de estos momentos cumbres del coche tirado por caballos existió Roma. Y Roma, al igual que la Gran Bretaña decimonónica, fue el lugar dorado del carruaje, donde éste se manifestó en todo su esplendor.  Posiblemente con más brillantes que tuvieron por las adoquinadas calles  y plazas londinenses, por los compactos caminos que de la City iban a otras ciudades o a las propiedades rurales  granjas inglesas. Al igual que los británicos, bebieron en parte de Centroeuropa para llevar diversidad y calidad a sus carruajes, los romanos acudieron a un pueblo que construyó, se sirvió y veneró a estos vehículos: los galos.  Y uno de los carruajes que más destacaron en Roma y que pervivió durante más tiempo fue el carpento o carpentum. Carro de dos ruedas, estuvo vigente durante unos 700 años, desde la República Romana hasta el final del Alto Imperio, el período más glorioso del Imperio Romano,  siempre manteniendo prácticamente la misma estructura y, sobre todo, un lugar preeminente en la sociedad romana. Ya en la época de los reyes, estos utilizaban el carpento, contándose entre ellos a Tarquino Prisco o ‘El viejo’. Durante la República los carruajes estuvieron prohibidos, pero las matronas principales de Roma obtuvieron permisos ocasionales para pasear en carpento , gracias en parte a Marco Furio Camilo, ‘el segundo fundador de Roma’, según sus conciudadanos, quien tras reconquistar Roma, que había sido tomada por los galos, allá por el 390 a.C., pidió a los romanos que hicieran donaciones para reconstruir la urbe, desprendiéndose las matronas principales de numerosas joyas. Para premiar a estas mujeres de la clase alta, les dio permiso para pasear por las bulliciosas calles de la ciudad de las siete colinas. El privilegio desapareció por ley y solo las vestales y varones dedicados al culto podían utilizar estos vehículos.  Pero dos mujeres de carácter, Mesalina, esposa del emperador Tiberio Claudio, y Agripina, la madre de Lucio Domicio Nerón, consiguieron autorización para ir al Capitolio en este tipo de carruajes; o lo que es igual, una muestra de orgullo y vanidad tanto por Mesalina como por Agripina. Buscaron lo singular y provocativo en este carruaje, que además tenía los antecedentes de portar las cenizas de la madre del emperador Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido como ‘Calígula’, también llamada Agripina. Las mujeres, así mismo, ocuparon los carpentos en las procesiones que precedían los actos del circo, que se iniciaban con solemne pompa, en la que podían ir imágenes de los dioses montadas en estos carruajes. Una especie de “entrada triunfal”. Y el carpentum también sirvió vehículo en las ceremonias fúnebres de los grandes para portar sus restos.
            ¿Qué tenía este carruaje, que fue un carro de transporte de impedimenta militar para guerreros galos, cimbrios o helvéticos, que tanto atrajo a la clase dirigente romana y, en especial, a sus mujeres?




viernes, 20 de marzo de 2015

Alarcos y los caballos de trilla, o la salvación del pueblo llano

No es que en la decisiva batalla de Alarcos, que cambió el mundo occidental –como casi todas las batallas y guerras--  fuera singular porque en ella participaran tres tipos de caballos; sino porque se describe el proceder de una batalla y el uso de los caballos por los hombres en sus distintas funciones. Además, Alarcos tiene connotación de caballo por todos lados que se analice. Alfonso VIII, un rey impulsivo, célebre por una cabalgada singular que le llevó a orillas del Mediterráneo andaluz, aunque fue incapaz de unir los reinos cristianos peninsulares, fue derrotado en ella. El rey castellano empleó  su caballería de guerra, más pesada por protegerse más; más difícil de mover y operar en el terreno de batalla. Caballos y jinetes presas fáciles para los intrépidos y aguerridos almohades, con sus caballos pequeños, resistentes, ágiles y con una capacidad de maniobra insólita que dejó anclados a los caballos pesados, grandes, del norte de la Península, o franceses, capaces de soportar pesadas armaduras, de ellos y sus jinetes, pero incapaces de maniobrar. En Alarcos se demostró lo que más de trescientos años después confirmó el Gran Capitán: la preponderancia de la caballería ligera, más dinámica y versátil.
            La batalla de Alarcos, cerca del castillo del mismo nombre en Ciudad Real, fue en julio de 1195, época de siega. Los campesinos habían segado el trigo y realizaban la trilla. Empleaban, como hasta hace unos 50 años, los caballos de trilla para pisotear las gavillas de trigo, con el objeto de separar el grano para después aventar. Estos caballos de trilla, en poder de los campesinos, eran ejemplares propios de la tierra, pero por su pertenencia a este estamento inferior tenían una alimentación deficitaria y escasa; por su utilización en el trabajo poseían un peso reducido y carencias físicas; y por la nula formación de sus dueños, no estaban domados, solamente conocían un aire, el llamado en Andalucía “trote cochinero”, un aire en el que más bien iban saltando que trotando. No es que fueran caballos de desecho ni con malas condiciones físicas, sino que por su mala alimentación y peor uso los habían convertido en animales prácticamente inservibles. Era imposible su empleo en el ejercicio de las armas, por lo que no fueron requisados para el combate, pero tuvieron un papel fundamental en Alarcos y en todas las batallas y guerras  siglos antes y centurias posteriores. En Alarcos participaron caballos norteafricanos pequeños, rápidos y ágiles por parte de los almohades; caballos centroeuropeos traídos por las órdenes militares a los reinos cristianos peninsulares, junto a los ejemplares norteños hispanos; y los famélicos rocines de trilla.
            ¿Para qué sirve un caballo de trilla en la guerra? Para realizar la única opción que le queda a la población civil en cualquier guerra de antaño y hodierno. Para huir.
            La guerra en verano, en época de siega, cogía a los campesinos en labores propias de la estación, y los campos eran objeto de razias, pillajes, saqueos y destrucción. Tenían como única opción la huida con sus familias o solos en sus caballos, casi inútiles, pero que salvaron numerosas vidas huyendo hacia una zona fortificada, como el castillo de Alarcos, o a tierras fuera del control enemigo.
            Esto sucedió en Alarcos y esto acaeció en innumerables batallas y guerras a lo largo de la Historia en cualquier época y en todos los continentes.

            El caballo sin casta, sin linaje, sin doma, sin futuro es el salvador del hombre.






viernes, 13 de marzo de 2015

Los donceles, germen de caballeros guerreros

Dícese que Alfonso el Onceno, llamado también El Justiciero, creo el oficio de donceles para don Alfonso Fernández de Córdoba, señor de Cañete, allá por 1343 durante el cerco de Algeciras. El Justiciero, se dice en sus Crónicas, “Et envio a Alfonso Ferrandes, Alcayde de sus Donceles, que cometiese la pelea contra los moros de la ciutat “. ¿Quiénes eran estos donceles? ¿Hijos de reyes y señores? ¿Jóvenes elegantes de la mejor sociedad medieval? ¿Pajes de la realeza? Era guerreros educados en la corte, pero guerreros. Los donceles habían sido educados en la corte real castellana como pajes y, posteriormente, habían pasado a la categoría de doncel. Recibían una educación militar y formaban parte de una escogida milicia palatina. Luchaban a caballo y montaban a la gineta. Fueron una fuerza de élite que iniciaba “la pelea con los Moros”. Formados con el espíritu medieval cortesano y en la adhesión cuasi ciega al rey recibían una educación exquisita, pero siempre estaban prestos al combate, constituyendo la primera fuerza perenne en la monarquía hispana, cuando el grueso de las mesnadas y guerreros deshacían sus intereses militares cuando no había campaña. Estos donceles, la flor de los pajes de Castilla, estaban bien adiestrados y luchaban al igual que sus enemigos, los musulmanes de Al Andalus, a la gineta, esa manera tan peculiar de montar con estribos cortos en caballos ligeros y rápidos, pero de extremada maniobrabilidad, que necesitaba de jinetes duchos en este arte, “bien adiestrados en el oficio de la guerra”. Estaban capitaneados por un alcaide o capitán, denominado Alcaide de los Donceles, recayendo desde el principio en hombres de la casa de los Fernández de Córdoba, de la capital del reino cordobés, siendo el más destacado de ellos don Diego Fernández de Córdoba, sexto Alcaide de los Donceles y primer marqués de Comares (Málaga), undécimo señor de Espejo (Córdoba) y quinto de Chillón (Ciudad Real), sobrino de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Diego fue un guerrero sobresaliente que destacó en la batalla de Lucena, capturando a Boabdil, y siendo uno de los combatientes más señalados de la guerra de Granada. El cargo de Alcaide de los Donceles era uno de los más importantes de la corte por su cercanía al rey y la calidad e importancia de sus misiones, desapareciendo conforme el ejército español se fue modernizando, en el aspecto militar, aunque permaneció a título  honorífico. Hombres cultos, de la nobleza, fueron destacados, esforzados y atrevidos guerreros a caballo.



viernes, 6 de marzo de 2015

Viriato, o el caballo como necesidad vital

El caballo ha sido durante milenios elemento fundamental para el desarrollo y difusión de las civilizaciones y el progreso humano; también ha formado parte de la supervivencia física de un individuo o de grupos de personas y ha estado presente en momentos vitales en los pueblos. El profesor García y Bellido destaca en los comentarios que hace sobre el Libro III de Strábon, dedicado a Hispania, la actitud del caudillo lusitano Viriato, quien mantuvo a raya a los invasores romanos durante ocho años –otros investigadores creen que pudieron ser 12--. El prestigioso maestro de la Arqueología muestra su admiración ante las cualidades de Viriato alabadas por los escritores antiguos. García y Bellido se fija también en unos datos muy concretos referidos a su famosa boda, recogidos por Diodoro de Sicilia, el historiador griego nacido en el siglo I de nuestra era. Se trata del desprecio a las riquezas de su suegro, tomando Viriato su lanza y el caballo y montando a su mujer en él partieron hacia las montañas. Este hecho es una muestra de su personalidad recia y austera –aunque también lo es el que a su boda asistieran romanos, lo que habla de que estuvo en algunos momentos en buenas relaciones con ellos y de otras cuestiones más diversas--. Y es también una muestra de tres elementos vitales para el hombre durante milenios: la lanza, la mujer y el caballo. La lanza es signo de fortaleza e independencia; la mujer remite a la importancia del pueblo y a la riqueza por la que luchar; y el caballo, como elemento fundamental en la fuerza del guerrero que hacer más temida la lanza, además de ser símbolo del poder. El caballo, el elemento diferenciador entre los lusitanos y sus aliados, gracias al cual Hispania estuvo durante cerca de una década en pie de guerra. El caballo, animal clave en la estrategia y forma de lucha de los lusitanos. Viriato y sus guerreros estuvieron durante tanto tiempo en pie de guerra gracias a las dotes personales y militares del caudillo hispano y a los caballos que utilizaba. Eran ligeros y bien domados. Los guerreros lusitanos iban armados de casco, escudo redondo, falcata y lanza. La táctica era dejarse perseguir en varias direcciones por los romanos, cuya caballería e infantería eran pesadas, debido al armamento que empleaban, girar y atacar, para volver a huir. El caballo, el mejor compañero de los lusitanos en sus combates con el Imperio Romano y el vehículo vital para todo un pueblo, tanto para sus desplazamientos como para salvaguardar su libertad.