viernes, 27 de febrero de 2015

Las espuelas nazarenas

El paisanaje de la Pampa siempre se ha mostrado orgulloso de su esencia y su manera de ser. Y una muestra de ello ha sido el cuidado que ha puesto en su indumentaria, mostrando su generosidad, desprendimiento y bien hacer, que lo han transmitido de manera singular hacia uno de los elementos que más identifican a los hombres de a caballo y que, en algunas culturas, es el objeto fundamental de los caballeros, la espuela. Pues bien, estos paisanos pampeanos utilizaban espuelas grandes y pesadas, que iban a la par de su especial idiosincrasia y en consonancia con el atractivo que el paisanaje le suponía a su forma de vivir. Utilizaban tanto a caballo para el trabajo como en la población unas espuelas que se definen de estilo porteño, llamadas nazarenas o lloronas. Eran espuelas de hierro o plata, incluso llegaron a ser de oro. Muy elaboradas, los gauchos presumían de la herencia mora o morisca de los artesanos que las fabricaban, con artísticas incrustaciones. La característica principal era el tamaño de la roseta, que puede llegar a medir 25 centímetros de diámetro, roseta compuesta por agudas púas, de gran diámetro, que, según la imaginación gauchesca, tenían parecido a las espinas de la corona de Jesús Nazareno, de ahí su  nombre de “nazarenas”. El ruido que estas púas producen al andar el paisano con ellas es característico, parecido, según el imaginario porteño, al llanto. Un llanto cálido, metálico y melodioso para los que lo escuchan. Púas brillantes, llanto, tamaño y peso (hasta más de 3 kilos), que los gauchos –y también otros grandes hombres de a caballo, los huasos chilenos—lucían con majestuosidad y un grado alto de exhibicionismo, mostrando con ello la rudeza de su oficio y su posición social, de la que hablaba la plata, el oro, las incrustaciones, con rodetes calados y cincelados y alzaprimas en materiales también en materiales nobles. El ser caballero lo dispone la conducta, la actitud, los hechos y el padrinazgo de otro caballero. En las grandes extensiones argentinas, los mismos paisanos se otorgan el derecho de ser caballeros, plasmados en las espuelas nazarenas, con el padrinazgo de un oficio de dureza, buen hacer y heroicidad, que les da el mismo valor que si fuera el rey quien les otorgara las espuelas. Pues las espuelas son las únicas que hacen, al jinete, caballero. Y caballeros son los miembros del paisanaje de la Pampa que saben llevarlas con orgullo.



viernes, 20 de febrero de 2015

Judá ben Hur, el amor al caballo

A Ramón Azañón

Un libro, una película y una voz pueden mostrar el amor a los caballos de una manera sencilla, respetuosa y singular. Esto es lo que sucede alrededor de la novela del general norteamericano Lewis Wallace, ‘Ben Hur’, aparecida en 1880 y que se llevó al cine en varias ocasiones, destacando las dirigidas por el neoyorquino Fred Niblo allá por 1925 y protagonizada por el mejicano Ramón Novarro. Precisamente Niblo tuvo como ayudante en el rodaje de ‘Ben Hur’ a William Wyler, que en 1959 rodó la segunda versión más famosa de este personaje, protagonizada por Charlton Heston. Si en la obra de Wallace destaca el amor por el caballo, motivado por su educación y su condición de militar –aunque perteneció al arma de infantería-- en la plasmación cinematográfica de Frederick Liedtke –que trabajó con el pseudónimo de Fred Niblo— destaca la fuerza y el amor y respeto al caballo; pero en Wyler la fuerza de la carrera de cuadrigas le atrajo tanto que, en un guión en el que colaboró el escritor Gore Vidal, supo darle una secuencia principal y magistral a los caballos, no sólo a la carrera de cuadrigas, sino a la presencia de un personaje secundario, el sheikh Ilderim, personaje que interpretó el actor galés Hugh Griffith, por el que obtuvo el Óscar al mejor actor secundario. Ilderim adquiere una sinergia fundamental en la película de Wyler al transmitir una devoción hacia sus caballos que raya en adoración sublime. Caballos blancos, símbolos del bien –en contraposición con los negros de Mesala, su enemigo--, de la heroicidad y del triunfo, con  nombres de estrellas, con una fuerte carga simbólica pues los astros representan a los elegidos, en este caso a los cuatro caballos que serán los campeones: ‘Antares’ (estrella principal de la constelación de Escorpión), ‘Rigel’ (estrella de primera magnitud de la constelación de Orión),  ‘Altair’ (estrella de las más importantes de la constelación del Águila) y ‘Aldebarán’ (la más brillante estrella de la constelación de Tauro). El guión de la película supera en demasía al texto de Wallace. El diálogo del sheikh Ilderim con sus “cuatro estrellas” es un ejemplo de admiración hacia el noble animal y a su papel importante en el universo humano, papel que los árabes, con el paso del tiempo –aunque al principio del siglo primero d. C. los habitantes de la Península Arábiga no tenían tanto conocimiento del caballo como después de la Hégira—supieron darle a este singular animal, que los llevaría hasta el occidente europeo y que forma parte de su cultura, base del saber ecuestre en todo el mundo. Ilderim habla de ellos y con ellos de una manera dulce, admirándolos y confiando en ellos, manifestaciones de amor hacia uno de los animales más bellos creado por Dios. El diálogo del sheikh alcanza su sublimación con la voz que en España le puso a llderim el actor y doblador asturiano José María Ovies Morán. Voz cálida, serena, armoniosa, que supo darle a Groucho Marx calidez y sensatez cómica en ‘Una noche en la ópera’, duda humana y seguridad a Gary Cooper en ‘Solo ante el peligro’ y al sheikh Ilderim un tono convincente, lleno de calor y sabiduría telúrica e histórica, pleno de veracidad y saber ancestral cuando hablaba de las cualidades de ‘Aldebarán’, ‘Altair’, ‘Ragel’ y ‘Antares’, que a la llamada del Ilderim entraron en su tienda, gesto de confianza mutua y amor recíproco. La voz de Ovies dio credibilidad a esa manifestación de amor y respeto que existe entre hombre y caballo. Su diálogo lleno de admiración cuando nombra a los bellos ejemplares es uno de los registros más notables del cine: “Aquí están mis niños. Les he puesto nombres de estrellas. Bueno, ‘Antares’, tú eres el más lento pero puedes correr todo el día sin cansarte. Te quiero a pesar de todo mi buen ‘Antares’.  Bien, mi buen Rigel. ¡Oh ‘Altair’!, sí, ya sé que tienes mucho sueño, tu trabajo ha terminado por hoy, podrás irte a dormir dentro de un momento. Buenas noches, buenas noches, precioso. ¡Oh! sé juicioso ‘Aldebarán’. No, no creas que me he olvidado de ti. Tú eres el más veloz, pero tienes que ser también formal. Vamos ‘Antares’, ‘Rigel’, ya es tarde. ‘Altair’, ‘Aldebarán’, ¡a dormir! ¡Tenéis que estar fuertes, y correr veloces! Descansad, hijos míos, descansad”. A ello contribuyó un libro, el de Lewis Wallace; una película, la de William Wyler; y una voz, una voz especial que es la de todas las personas que aman los caballos, la de José María Ovies, que nos hizo disfrutar a todos de unos caballos con nombres, pasado y futuro, con nombres de estrellas y capaces de llevar la verdad al triunfo. Una voz que es la del amor a estos animales. Como el de Ramón Azañón, que con su cámara ha sabido recoger la verdad y belleza de los caballos, apareciendo de manera discreta en el mundo de la fotografía ecuestre como personaje secundario, al igual que el sheikh Ilderim, pero que con su extraordinaria y singular obra está alcanzando el protagonismo del Judá ben Hur, al que Ilderim le regalo ‘Aldebarán’, el más veloz de sus “tesoros”, debido al amor que el notable judío tuvo a los caballos.








viernes, 13 de febrero de 2015

Bayardo ¿el último caballero?

Pierre du Terrail, el caballero más conocido de la tierra, el caballero “sin miedo y sin tacha’, se define como el prototipo de caballero medieval. Alto y agraciado, fuerte, valiente, generoso y admirado. Nació allá por 1476 en el Delfinado, zona fronteriza con Italia y que tenía como capital a Grenoble. El Renacimiento lucha por envolver al hombre con las mejores vestiduras del humanismo, el arte y la ciencia. Y el Medievo comienza a dar sus frutos mejores, seleccionados durante siglos, desprendiéndose del lastre que durante centurias lo habían anquilosado.
En esta época vivió Pierre de Terrail, señor de Bayar, conocido sobre todo por Bayardo. Nacido en el castillo familiar, pesando sobre él la reputación de su tatarabuelo que murió en la batalla de Poitiers junto al rey Juan II, enfrentado al ejército inglés del Príncipe Negro, más moderno que el pesado y anticuado galo; la de su bisabuelo, que murió en combate en la batalla de Azincourt, donde los ingleses, dentro también de la guerra de los Cien Años, superaron a un enemigo superior francés apoderándose gran parte del territorio galo --nuevamente la organización y eficacia inglesa, mandada por Enrique V, fueron superior a la desorganización y número de los franceses, bajo el reinado de Carlos VI—; y a su abuelo, que murió en Montlhery, donde el rey Luis XI obtuvo una victoria pírrica, pues cedió numerosos privilegios a los nobles que se le oponían.  Su padre, señor de Boyar, no murió en combate, pero quedó inválido tras las batallas en la que participó. Con este sino, Pierre du Terrail partió, con 12 o 14 años hacia la corte del duque de Saboya, respaldado por su tío el obispo Jorge du Terrail. Como soldado ejemplar pasó al servicio del rey Carlos VIII y desde entonces vivió momentos de gloria, aunque numerosas de las posesiones conseguidas por sus victorias no fueran mantenidas en el tiempo.
Fue famoso por su valiente e irreflexiva persecución a las tropas del derrotado Ludovico Sforza ‘El Moro’ en la toma de Milán, en la que siguiendo a los soldados que se refugiaron en la ciudad lombarda entró solo en la misma, creyendo que detrás de él le seguían sus compañeros, fue hecho prisionero, siendo recompensado por El Moro con su libertad por tal acto de bravura. Sirvió también a Luis XII, pero su cénit lo alcanzó con Francisco I en las luchas en Italia. En la batalla de Marignan, en la que combatió el joven monarca francés, tras la victoria, el rey se hizo armar caballero por Bayardo, que no tenía ningún título de nobleza, y en su admiración desbocada hacia este caballero que personificaba en sí unos ideales que no encontraban sentido en ese momento, le otorgó dones y mandos correspondientes a los más altos príncipes.  Defensor de la dignidad de las doncellas, aunque amante de las mujeres; triunfador en justa, torneos y desafíos de honor; valedor de los pobres e indefensos; un predecesor de don Quijote pero en carne y hueso, fue un férreo defensor de la lealtad y los principios altomedievales y mostró al mundo sus hazañas individuales, como la defensa del puente en la batalla de Garellano, ante las victoriosas tropas no del “Caballero sin miedo ni tacha”, sino del Gran Capitán. Su valentía, arrojo, alegría y generosidad parece que siguieron a la saga de la que procedía, aunque no tuvo mucha suerte contra las armas españolas ni en Italia, contra Fernando el Católico, ni contra Carlos V. El apodado mejor caballero que “tenía la embestida del lebrel, la defensa del jabalí y la huída del lobo” –también tuvo que salir huyendo en algún que otro enfrentamiento— murió por el enemigo que más odiaba. Cuéntase que en la retirada de Gattinara, obedeciendo como hizo siempre ante sus superiores en sus 32 años de vida militar, al mariscal Bonnivet –un noble que no tenía otro mérito para dirigir al ejército que su nacimiento--, cayó herido de manera mortal al recibir una bala de un arcabucero español que le rompió la columna. El arma de fuego fue el enemigo que más odiaba porque se anteponía a sus principios de caballero. Aunque fue la modernidad la que también derrotó a su tatarabuelo, a su bisabuelo y a su abuelo. Pidió que le recostaran en un árbol de cara al enemigo, para no sufrir la afrenta de morir huyendo. Escenificó su muerte con espíritu osado en verdad. Cuentan que el condestable Carlos de Borbón, francés que se alió con el emperador español y que se encontraba en el ejército hispano cuando Bayardo cayó en manos de las tropas españolas, le trató de manera cortés, a lo que el francés le respondió con orgullo “Os agradezco, señor, la compasión que por mí demostráis, pero no es a mí a quien hay que compadecer, pues muero sirviendo a mi rey, sino a vos, que hacéis guerra contra vuestro soberano, vuestra patria y vuestro juramento”. La traición del Borbón era una afrenta para él.
Bayardo destacó por ser un excepcional jinete, que dominaba el arte de la monta a la brida, aunque también fue un gran luchador a pie. Lleno de valor no le importó combatir montado en poderosos caballos guarnecidos de acero, al igual que él. Aunque maniobraba lentamente, este caballero acorazado no tenía par entre la caballería, participando de gran superioridad sobre la infantería; ventaja que luego adquirió el arma de fuego que fue despiadada contra los caballeros.
Bayardo ha pasado a la historia como ejemplo de caballero noble, generoso, desprendido, valiente y fuerte. Pero un caballero que no supo adaptarse a la realidad que imperaba en su época. Un caballero que se enfrentó –aunque no directamente pero sí que lucho contra sus tropas--  a otro formado al igual que él como paje en las exigentes normas medievales, que luchó también con coraza y espada sobre caballos pesados, pero que supo adaptarse a los nuevos tiempos, siendo uno de los pioneros de la guerra moderna. Este caballero utilizó las armas de fuego, la caballería ligera, reorganizó la infantería y utilizó tácticas de guerrilla. Un caballero al que no le importó la defensa bravía e indómita del puente de Garellano a cargo de Bayardo, pues derrotó a los franceses en aquel aciago día para las armas de la flor de lis. Se trata del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba. El universal montillano nació 23 años antes que el “Caballero sin miedo y sin tacha” y murió nueve años antes que el galo, pero supo ver y convivir con los nuevos tiempos, mientras que Pierre du Terrail se quedó anclado en el pasado.  Fueron enemigos en Italia, pero el Gran Capitán con su inteligencia innata y su valor derrotó a los franceses, incluido Bayardo, en Italia. Gonzalo Fernández de Córdoba, al igual que Bayardo, honró a los héroes franceses en las batallas, entre ellos a un compañero de armas del francés, el duque de Nemours. El Gran Capitán, que no fue primogénito como Bayardo, sino segundón, llegó a lo más alto de la milicia castellanoaragonesa con mando, no como Du Terrail, le regaló no solo unas plazas a su rey sino todo un reino. El Gran Capitán, que no permitió que dudara de su honor ni el rey, el todopoderoso Fernando el Católico.
Bayardo murió como los héroes, de manera amarga, en la derrota, pero él fue un héroe toda su vida y un caballero. Quizás fuera de tiempo, como don Quijote, aunque sus valores de proteger a los más débiles y luchar de frente siguen duraderos y Pierre de Terrail, Bayardo, es un ejemplo  y referencia.








viernes, 6 de febrero de 2015

Las valkirias o el caballo en la muerte

Las valkirias, diosas inferiores en la mitología escandinava, eran mensajeras de Odín y las que decidían quiénes serían los vencedores en las batallas que libraban los humanos, señalando a los que deberían morir, para, posteriormente, recogerlos y llevarlos al cielo a la mansión de los héroes muertos, el Valhala. Estas diosas rubias, fornidas y de pupilas azules participaban en los combates, se guarnecían con cascos y corazas; se armaban de escudos y lanzas; y en su viril hermosura femenina tejían el vestido de la muerte en férreo telar, despojándose de su ferocidad en la morada del Valhala, donde olvidaban sus nombres guerreros para convertirse en amantísimas sirvientas de los guerreros a los que habían transportado a la mansión de Odín, agasajándoles con cervezas, hidromiel y carne de jabalí.
            Las valkirias gustaban de la guerra y la muerte eligiendo a los héroes que había de participar en los banquetes presididos por el mayor de los ases escandinavos, seduciéndolos primero y animándolos en el combate, posteriormente muriendo de manera épica y valiente, entregando el alma a las valkirias tras el examen al que los sometían las rubias deidades con la intención de valorar sin eran dignos de participar en el banquete de Odín.
            Estas combativas vírgenes del mitológico escandinavo solo guiaban al caballo, en el que participaban en las batallas, uno de los animales funerarios cuya misión es el enigmático e importante paso de un mundo a otro. El caballo que para Mircea Eliade es el animal funerario por excelencia. Estas princesas nórdicas recogían a los difuntos en sus caballos blancos, veloces corceles que cabalgan en el aire como si fueran nubes.
            Tan arraigado ha estado el mito de las valkirias en las belicosas gentes del norte que soñar con caballos blancos era un signo inevitable de guerra.
            Con las valkirias el caballo se convierte en elemento fundamental en el paso del alma del guerrero al más allá –los que no morían en combate o lo hacía de manera cobarde emigraban a otros lugares menos “nobles” que la sala de banquete de Odín--. El noble y bello animal no forma parte del cortejo que lleva el espíritu del fallecido al otro mundo en un carro funerario como en el Creciente Fértil o el Mediterráneo oriental, ritual que se fue extendiendo hasta el occidente europeo, prueba de ello son las estelas del suroeste de la Península Ibérica; ni tampoco participa en el sacrificio del que formaban parte en ciertas zonas de Asia acompañando al señor poderoso en su tumba. En la mitología escandinava el caballo es un elemento indispensable en el camino que el espíritu ha de andar desde la tierra al paraíso prometido. No es un ente accesorio. Es el vehículo esencial que lleva el alma del héroe a lo más alto, al Valhala, al lado del dios del Cielo, Odín, aunque sólo fuera para combatir allí nuevamente en luchas encarnizadas, para, a la hora de comer, y tras restaurarse al momento las heridas y miembros amputados, asistir día tras día a beber cerveza y comer jabalí servidos por las valkirias.

            El caballo tiene una misión digna y elevada, más alto incluso, en el mundo funerario, que la de los humanos: hacer pasar el alma de un mundo a otro; elevarla a lo más alto.