viernes, 30 de enero de 2015

Raeda, el carro para viajes largos

La inventiva de los galos respecto a los carros fue fundamental y variada, pero los romanos consiguieron perfeccionar estos vehículos. El Imperio Romano basó su permanencia en la línea del tiempo en un elemento fundamental, las comunicaciones que partían desde Roma hacia cualquier parte del imperio. Por estas vías principales y vecinales se podía ver pasar legionarios, comerciantes, labradores y mercancías. Fueron los mismos soldados romanos, tanto los que contaban con la ciudadanía como los auxiliares y prisioneros los que construyeron las calzadas. Y fueron precisamente estas calzadas y los intereses de Roma los que hicieron que los carros galos se perfeccionaran. El imperio Romano fue, durante su vigencia, lo que Inglaterra para los carruajes en el siglo XIX. Incluso más. Se reglamentaron las postas y las horas de uso en la capital del imperio, limitando durante el día la circulación. Calzadas, expansión de Roma y negocios fueron de la mano, por lo que los carros se adaptaron para viajes largos. Entre ellos sobresalió la raeda o reda. Un carro galo de cuatro ruedas que podía transportar mercancías o personas, empleándose para su construcción diferentes maderas, según se destinara al transporte humano o de carga. En Roma estaba considerado como vehículo de viaje, aunque no de lujo –caso de la carruca--, pero sí eran utilizadas por las familias para efectuar largos desplazamientos o transportar además de los miembros de la misma sus pertenencias. En época de Septimio Severo, a principios del siglo III d.C., se les permitió a la clase senatorial que las adornaran con plata, liberalizando las rígidas normas que pesaban sobre los carruajes en Roma, hasta alcanzar su adopción popular en el siglo IV –el equivalente al siglo XIX en la historia de los carruajes--. Era un vehículo, al igual que la carruca, descubierto, pero para hacer más cómodos los largos viajes se cubría con toldos y  a los viajeros se les facilitaban pieles para resguardarse del frío, el equivalente a las mantas de viaje de los cocheros. Solían los romanos enganchar a las raedas dos o cuatro caballos y dependiendo de la carga y la madera con la que estaban construidas podían tirar de ella hasta diez. Este vehículo de carga y familiar, que contaba con varias banquetas sobre las que se acomodaban los viajeros, estuvo en vigor desde la República Romana hasta la Edad Media.








viernes, 23 de enero de 2015

El oficio de palafrenero y el patronazgo de santa Ana

El caballo hace al hombre caballero, pero para realzar este hecho se ha construido a lo largo del tiempo una liturgia precisa y llamativa. El caballo llega a ser, en ocasiones, el intermediario entre el poder y el pueblo. El caballo realza al caballero y comunica, a la vez, con los hombres de a pie. Esta comunicación se establece con personas elegidas, de confianza, que llegaron a gozar de gran poder por su cercanía con el señor y que llegaron incluso a despedir a Miguel Ángel ante la insistencia de ver al papa Julio II. Son los palafreneros. Oficio, principalmente palatino, que ha subsistido hasta hace pocos años en las casas reales. Su misión era llevar el freno de los caballos del rey, la reina, el papa y los nobles, e ir al lado del estribo. Su nombre deriva de palafrén, caballo manso en el que iban montados. Eran personas de confianza por su cercanía con el principal del lugar. Este oficio ha existido desde que el poder tentó al hombre y lo mostró exhibiéndose en caballos elegidos. En la corte española se tenía en nómina, lo mismo que en el resto de las europeas, el cargo de palafrenero mayor, que sostenía la cabezada del caballo del monarca cuando y era, en las caballerizas reales, el jefe de la regalada (donde se encontraban los caballos para regalos regios). Las cortes poseían un amplio número de palafreneros. Otra singularidad de estos cortesanos se daba en la Santa Sede. Desde la llegada de Constantino el Grande a los más alto del Imperio Romano, declarando el Cristianismo como religión oficial, el papa aparecía en público montado en caballo blanco y con palafreneros. Estos servidores pontificios estaban regidos por un maestro palafrenero, encargado de acompañar al sucesor de Pedro; llegando a tener tanta importancia que en ocasiones se exigía que fuera soltero, pues entre otras obligaciones tenían la de llevar la Santa Eucaristía que iba, delante del cortejo papal bajo palio, a caballo. En Roma ser constituyeron en cofradía allá por 1378, teniendo capilla en la desaparecida basílica constantiniana de San Pedro, sobre la que se alza la actual. Y allí veneraron, desde un principio a su patrona, santa Ana. Posteriormente, en 1573, recibieron del papa la potestad de edificar una iglesia para ellos, por supuesto bajo la advocación de santa Ana. Es la iglesia de Santa Ana, la única parroquia que existe en el Vaticano, y además con la singularidad de su planta oval. Como suceso curioso, encargaron un cuadro de santa Ana a Michelangelo Merisi, conocido como Caravaggio, cuadro al que se le titula ‘La Madonna de los palafreneros’ o ‘Virgen de los palafreneros’, obra en la que aparece santa Ana junto a la Virgen y el Niño. Pero no gustó mucho a la cofradía pues la Virgen aparece con un escote generoso, permaneciendo dos días, según cuentan, en la capilla dedicada a santa Ana en la nueva basílica de San Pedro, pasando a la iglesia de Santa Ana, para acabar en la colección privada del cardenal Borguese, contándose también que este gran coleccionista de arte estaba muy interesado en el cuadro. Hubo palafreneros de cardenales, obispos, condes, marqueses, etcétera. Y también los hubo reales. No de carne y hueso, sino monarcas que pretendían mostrar ante el pueblo humildad o buscaban ciertos privilegios. Entre ellos, el soberbio Constantino el Grande, que fue palafrenero del papa Silvestre, existiendo una representación de ello en la capilla de san Silvestre que se encuentra en la basílica de los Cuatro Santos Coronados; o el emperador Federico Barbarroja fue al lado del estribo del papa Adriano IV –que lo rehusó por primera vez, pero que al final claudicó—y otros emperadores. El hombre debe admirar en demasía al caballo, deseando estar encima de él o caminar a su lado. El palafrenero, que surgió como un oficio cuasi villano, alcanzó a los principales del orbe terrestre, humillándose ante el poder divino para conseguir el terreno. 





viernes, 16 de enero de 2015

Los catafractarios, estatuas resplandecientes

Se ha celebrando en 2014 el inicio de la denominada Gran Guerra o Primera Contienda Mundial. Una de las características de esta barbaridad global fue la práctica desaparición de la tradicional caballería y el nacimiento de los carros blindados de combate. Pero esto último no era nada nuevo –puesto que el caballo siempre renace--. El hombre, desde su nacimiento ha buscado seguridad y protección física. Y qué más seguridad que una protección de hierro. Esta protección física no es nueva. Allá por los siglos IV y III a.C, o incluso antes, en el centro de Asía y en la actual Rusia meridional, aparecieron jinetes cubiertos de placas junto a sus caballos, también protegidos por el mismo elemento. Eran los catafractarios. Una élite entre los guerreros, principalmente persas, partos y sármatas, que utilizaron telas o pieles a las que cosieron láminas pequeñas de madera, metal, cuero endurecido, cuerno e incluso huesos. Estas pequeñas láminas facilitaban los movimientos de los guerreros y cubrían todo el cuerpo, incluyendo manos y pies; en la cabeza dejaban dos pequeños orificios para los ojos y nariz, completando así  la armadura con un manto también de escamas o láminas que cubría la cabeza, nuca, hombros y espaldas. Llevaban un gorro, cónico, de idéntica naturaleza, en la cabeza. El caballo iba igualmente cubierto de esta coraza hasta las pezuñas. Elegidos entre hombres fuertes que llevaban caballos de gran tamaño, su manera de combatir, como caballería pesada de la que formaban parte, era cargar, de manera lenta, contra la infantería o caballería, llevando una gran y pesada lanza con las dos manos. Cuando atacaban, montados en sillas de altos borrenes para sujetarlos y que le sirvieran también de protección, daban fuertes gritos que enardecían al caballo para que galopara y cogían la lanza con ambas manos, produciendo grandes daños en el enemigo. Si el catafractario caía al suelo, era víctima del contrario al tener disminuidos los movimientos, al igual que el caballo. Otro de los inconvenientes era el calor, sobre todo en las regiones más meridionales, que convertía la armadura en un horno auténtico, por lo que tanto hombre como caballo sufrían por esta circunstancia, lo que los hacía más vulnerable. Fueron aceptados, con cierta presencia, en el ejército romano tras sus momentos más álgidos; el optimus princeps, Marco Ulpio Trajano, los derrotó cuando formaban parte del ejército de Decébalo, como aparece representado en la Columna Trajana. Posteriormente pasaron a formar parte de la caballería romana en el Bajo Imperio, para, a continuación, ser un componente principal en Bizancio y engendrar, en la Europa occidental, el embrión de los caballeros del Medievo, en los que la coraza militar fue evolucionando, a la vez que la protección de los animales. Con el paso de los siglos se fueron transformando en la caballería pesada o de línea, hasta llegar, en la Primera Guerra Mundial, a sufrir la dolorosa transformación en escuadrones de caballos o “tanques’, para continuar en la línea de la historia como carro de combate hasta la actualidad. Pero comenzaron, allá  hace 2.400 años, como jinetes fuertes revestidos con una túnica llena de placas de metal, madera, cuero o hueso, al igual que su cabalgadura, también de gran fortaleza, creyéndose protegidos e invulnerables y según define Amiano Marcelino, el historiador por excelencia del siglo IV de nuestra era, nacido en Antioquía,: “Catafractos y clibanarios, como les llaman los persas; jinetes completamente armados, que se hubiesen creído estatuas ecuestres de bronce recién salidas de las manos de Praxiteles”. Estatuas ecuestres de bronce, completamente resplandecientes como los actuales carros de combate, hechos con otras materias más novedosas. Se dice que los catafractarios o catrofractos  adaptaron su armadura –a la que añadieron metales puntiagudos--  para luchar contra elefantes. Se dice que también se emplearon elefantes, cebras y otros animales cubiertos con placas sobres los que cabalgaban jinetes protegidos en tierras lejanas. Desde siempre el hombre ha buscado la protección para vencer a los más desprotegidos.

            Volveremos en caballoehistoria.blogspot.com sobre los catafractarios a lo largo de la Historia.








viernes, 9 de enero de 2015

Sleipner, caballo y poesía

Se conocen caballeros que han sido esforzados guerreros y poetas sublimes. No hemos de ir muy lejos en la memoria para recordar, entre ellos, a Jorge Manríquez, soldado de los Reyes Católicos, o Garcilaso de la Vega, que acompañó hasta Marsella la belicosidad de Carlos V. Grandes poetas dedicaron poemas a los caballos, como Góngora, lord Byron y otros. Pero hay un caballo que forma parte del misterio intrínseco de la poesía. Quién puede imaginar que tras la figura de un hombre viejo, con barba poblada, cubierto con manto multicolor y sombrero de ala ancha, lanza poderosa en la mano y dos cuervos sobre sus hombros, a lo que se les añade dos lobos a sus pies, pueda dar la impresión que sea un poeta. Pero sí lo es. Es Odín u Odino, el primero de los dioses escandinavos, el principal de los ases. Dios de la guerra, quizás este espíritu violento lo convirtió también en el creador de la poesía. Tiene un solo ojo, ya que el otro lo perdió para poder beber un sorbo de agua de la fuente de la Sabiduría, por lo que de Odín proviene la ciencia y las artes, y entre ellas, se destaca como el inventor de la poesía. Entre las posesiones magníficas del dios se encuentra el caballo Sleipner, con ocho patas y capa torda –lo que indica su singularidad también--, rápido y ligero, siendo el causante de los vientos. Caballo con numerosas cualidades y misiones, entre ellas la de preservar a los héroes y, caso curioso, acompañar a los poetas al cielo. La poesía escandinava tiene un peso específico en la cultura nórdica desde muy temprano y la metáfora es algo común en las leyendas mitológicas. Sleipner es el alma de los poetas escandinavos y de sus características estructuras y rimas poéticas recogidas en las eddas. Es la poesía en sí mismo. Un caballo que acompañaba a su dios en las batallas, y que debía tener un genio bastante fuerte, como algunos guerreros poetas, pues cuentan que en Escandinavia los campesinos solían dejar espigas sin segar en los campos para el caballo de Odin. En caso contrario, el hijo del dios Loki y el caballo Svadilfari, destruiría las cosechas futuras. Pero lo singular de Sleipner no son sus ocho patas ni sus atributos, sino que el caballo es la esencia de la poesía per se.  





viernes, 2 de enero de 2015

Estradiotes, despejando el campo

La caballería ligera recibió el nombre de estradiota, según se dice, nada más idear la mente humana los estribos, lo que suponía un mejor control de los animales y mayor comodidad para el jinete, facilitando el combate, principalmente en el choque. Esto dio lugar a que surgieran los estradiotes, jinetes procedentes de Albania y Grecia, que se hicieron mercenarios, llegando a Europa Occidental tras la caída de Constantinopla a través de la República Veneciana, que tenía numerosos intereses comerciales en la zona. Estos solados montaban a la estradiota, con sillas de faldones largos y borrén anterior elevado y posterior de inferior altura, en los que se encajonaban los muslos, prestando más seguridad y sujeción a los jinetes en el combate. Debido a las rápidas maniobras que realizaban los caballos llevaban frenos con camas largas. Se les empleó, en Europa, tanto los españoles como los franceses, como cuerpo de exploración y para desgastar a la infantería y caballería en los ataques, como fuerza de choque. Estos mercenarios estaban protegidos con cascos semiesféricos de hierro, malla o cota de acero, una especie de chaquetilla sin mangas de pelo de cabra e iban armados de la estradiota, una lanza ligera con contrapeso, martillo de armas de medio metro de longitud aproximadamente y escudo. Sobresalían sus grandes espuelas, también una manera de defenderse ante la infantería. Tras su extraordinaria promoción en las campañas italianas, en donde la caballería ligera de Gonzalo Fernández de Córdoba tuvo parte importante en las victorias del Gran Capitán, Fernando el Católico los trajo a la Península.