martes, 15 de diciembre de 2015

Juan de Merlo, un caballero profesional (y II)

Este caballero, tan admirado por don Quijote --y por tanto en buena parte de los reinos hispanos del finales del XVI y principios del XVII-- no quiso ser solo un caballero adalid en la lucha contra el reino nazarí de Granada o contras los reinos cristianos peninsulares. La fama, él lo sabía bien, venía de más allá de los Pirineos. Y allí fue a buscar fama y gloria. A Francia y Alemania. Y allí las consiguió. Tanta como para sobresalir entre los mejores caballeros de su época.
            La costumbre, tan común entre los caballeros de las tierras europeas de asistir a combates en otros reinos, procurando pregonar en todos ellos sus justas, no era tan común en los reinos peninsulares, ocupados todavía en las luchas fronterizas contras los moro nazaríes.
            Juan de Merlo, cuéntase, fue retado por un caballero borgoñón, Pierre de Beauffremont, señor de Charny, de la casa del duque Felipe de Borgoña, quien, aunque no era rey, era más principal que los reyes europeos. La justa se celebró en la ciudad de Ras o Arrás, en la Picardía, para celebrar la paz de Arrás entre el rey Carlos VII de Francia y Felipe el Bueno de Borgoña. Aunque De Merlo contó con la hostilidad de los borgoñones, el día 11 de agosto de 1435 --tras haber probado sus armas en el Passo Honroso de don Suero de Quiñones--, tras cambiar de caballo, pues el primero que montó se mostró huidizo, e intercambiar varias lanzas, rompió una en su adversario y resultó ganador al herirlo. Como premio, el duque Felipe de Borgoña le dio una vajilla de plata de "setenta o ochenta marcos". De aquí partió para Alemania, en concreto a Basilea, donde luchó contra Enrique de Remestán, quien no fue fiel al espíritu caballeresco, pues en la lucha que mantuvieron a pie, Remestán trucó el hacha despojando del guardabrazo a De Merlo, por lo que los jueces pararon el combate, otorgándole el honor de la victoria al guarda mayor de Juan II de Castilla.
            Juan de Merlo fue un caballero profesional, que no faltó a las leyes que regían este estamento. Fiel a su señor, supo escalar en la Corte, aunque la verdad es que fue una persona valerosa y cualificada. Prudente con su señor, hizo méritos y se comportó orgulloso con los inferiores a don Álvaro de Luna. Sólo buscó fama y prestigio en las cortes europeas, para más lustre de su señor. Hombre servicial, luchó contra los moros en la frontera; contra los cristianos a favor de los intereses de su amo y pereció como los héroes, en una lucha interna entre las huestes del maestre de Calatrava y el comendador de Segura. Unos 600 guerreros por cada bando se enfrentaron, muriendo numerosos de ellos, entre los que se encontraba Juan de Guzmán --primogénito de Luis de Guzmán, maestre de Calatrava-- , sufriendo Rodrigo Manrique, comendador de Segura, grandes heridas. Murieron valerosos caballeros y numerosos caballos, castigando don Juan de Merlo tanto a sus enemigos que su ímpetu hizo que llegara combatiendo hasta la retaguardia de los adversarios, y cuando quiso regresar con los suyos, en un puente unos peones de a pie le cortaron la retirada y murió. El rey sintió expresamente la muerte de su guarda mayor, un caballero profesional en todos los sentidos. En los sentidos que tenían valor en el siglo XV.
            Fue admirado y respetado en la corte castellana y por los aragoneses, franceses, borgoñones, etcétera. Y el mismísimo Juan de Mena, el gran poeta español nacido en Córdoba, amigo del marqués de Santillana y predilecto poeta de Juan II y su valido, don Álvaro de Luna --aunque el cordobés fue crítico con los dos--, le dedicó en su obra princeps, 'El laberinto de Fortuna', unos versos al "lusitano" de Cervantes, a Juan de Merlo, caballero cantado, además de por De Mena, por los principales cronistas borgoñones del XV.
            Un caballero digno de montar a caballo.
            Con su muerte, desapareció uno de los mejores caballeros andantes del mundo, tanto que su profesionalidad fue ensalzada por don Quijote.


lunes, 30 de noviembre de 2015

Juan de Merlo, un caballero profesional (I)

Admirado por don Quijote fue el espejo perfecto de caballero medieval. Un caballero medieval de verdad. De carne y hueso. Tan real que don Quijote se sintió ofendido ante la duda –más bien la negación— del canónigo de Toledo sobre la existencia de estos paradigmas caballerescos: “Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el valiente lusitano Juan de Merlo” (capítulo XLIX de ‘El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha’).
            El hidalgo de la Mancha lo hace oriundo de Portugal, pero Juan de Merlo fue un caballero aragonés del siglo XV, hijo de Matías Alonso de Merlo, que acompañó al poderoso condestable don Álvaro de Luna a Castilla. Hombre de buena figura, fuerte, fue un gran guerrero, que, como era natural en la época, se forjó en las luchas internas entre cristianos y en la guerra contra los moros granadinos.
            De Merlo fue un caballero escrupuloso, guardaba las reglas y era un gran aficionado a los torneos. Calculador, sabía que las justas eran peligrosas, por lo que las elegía bien. Participó en el ‘Passo Honroso’ del impulsivo don Suero de Quiñones –del que se ha publicado en Caballo e Historia--, justa en la que no se andó por las ramas. Esta contienda placía al rey Juan II de Castilla y a su protegido, don Álvaro de Luna, quienes no podrían justar precisamente.
            Juan de Merlo tuvo que ser un preciado caballero, pues el 2 de mayo de 1434, en Valladolid, en unas justas celebradas en la ciudad castellana, promovidas por Álvaro de Luna en honor --¡cómo no!— de Juan II, fue uno de los caballeros que “rompió varas muy bien rompidas” con el monarca castellano –quien, como es natural, le rompió una. De Merlo sabía muy bien con quien justaba.
            El caballero “lusitano”, según don Quijote, fue uno de los que acudió al ‘Passo Honroso’ de Puente Órbigo, celebrado entre julio y agosto de 1434, dos meses después, de Valladolid, porque la justa estaba bajo el patrocinio real, aunque su intención era probar sus “platas sencillas para hazer armas en Francia y quería provar su fortaleza”. En realidad quería valorar realmente la calidad de la armadura que llevaba para justar en Francia y conseguir honra y enjundiosos premios en metálicos. Con ello pretendía aumentar su prestigio como caballero en Castilla y en los reinos europeos.
            Su alta posición social y política hizo en el Puente del Órbigo exigir en la justa que se respetaran sus intereses particulares, lo que no se le concedió en su totalidad. De Merlos quería probar sus defensas diciendo que eran “sencillas” y que el impetuoso don Suero había pregonado que el día de Santiago haría armas sin tres piezas. Los jueces dijeron que “sus platas” eran más fuertes y seguras que las de don Suero, y no se lo permitieron. Juan de Merlo aceptó y luchó contra el “impetuoso” Suero de Quiñones, causándole heridas en el brazo izquierdo al impulsivo Quiñones, imposibilitándolo para la justa.

            Pero De Merlo quería gloria. Una gloria reservada a los elegidos. Una gloria que lo elevara a apuestos reservados a los nombres, aunque él no fuera nada más que un caballero, que desarrollaba una carrera en la Corte. No en vano, Juan de Merlo, después de los sucesos acontecidos en Tordesillas en junio de 1420 y conocidos como "atraco de Tordesillas"  --cuando el infante Fernando de Aragón, primo del rey Juan II, secuestró al monarca durante 18 días acompañado por 300 hombres-- fue nombrado Guarda Mayor del rey, un guarda mayor de nuevo cuño; un nuevo guarda de corps; un nuevo triunfo para don Álvaro de Luna y un nuevo ascenso para su protegido, el valeroso caballero don Juan de Merlo. De Merlo ascendió por méritos propios varios escalones de la Corte, hasta ser responsable de la vida del rey Juan II.


domingo, 25 de octubre de 2015

Espuelas doradas, ¿espuelas de caballeros?

Un 11 de julio de 1302 los tejedores, comerciantes y artesanos de las ciudades de Brujas e Ypres dejaron sus telares y batanes, sus comercios y zapaterías, uniéndose a conciudadanos comuneros hartos de la opresión francesa y plantarles cara a las tropas de Felipe IV el Hermoso, dirigidas por el conde Robert d’Artois, junto a caballeros y patricios belgas que apoyaban la presencia francesa. Unos 50.000 hombres se dice, entre ellos la flor y nata de la caballería gala, las espuelas de oro de la nobleza de Francia. Frente a ellos, 20.000 comuneros, artesanos e independentistas de esta zona, quizás la más próspera del momento, mandados por Guillaume Juliers, reforzados por caballeros belgas que desmontaron para luchar a pie ante la prepotencia francesa y la traición inglesa –que los había “vendido”. Los belgas, armados con lo que encontraron, sólo tenían infantería; los franceses, con lo mejor de su ejercito, brillante por tanta espuela dorada.
Se enfrentaron en la ciudad de Courtrai, cerca de la actual frontera francobelga. La caballería pesada de Felipe el Hermoso cargó contra los inexpertos infantes belgas, quienes, ayudados por un terreno pantanoso con algunos arroyos, soportaron el embite de los caballeros galos, quienes no podían maniobrar adecuadamente. Los caballos de esta primera oleada fueron masacrados, junto a sus jinetes. Robert d’Artois (curiosamente con el mismo nombre que el anterior director general de la Ecole Nationale d'Equitation Francaise Le Cadre Noir de Saumur, hombre que siempre ha defendido el bienestar del caballo, además de promocionar la cultura ecuestre, bajo cuyo  mandato la equitación francesa fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco), seguro y confiado en la superioridad de su caballería, ordenó una segunda carga y nuevamente los díscolos belgas la aguantaron y derrotaron a los invasores. No hubo prisioneros –lo que indica la “mano dura” de los franceses en esta zona—y los belgas, además, persiguieron a los supervivientes hasta matarlos, entre ellos a D’Artois. Entre los supervivientes se encontraban caballeros belgas que aprovechaban la presencia francesa para conseguir ventajas económicas y sociales. Al ser vencidos, estos belgas afrancesados intentaron, se dice, hacer valer su ascendencia flamenca. Los artesanos de Brujas e Ypres, así como los llegados de otros puntos de Flandes, no les hicieron caso y los mataron. Fueron delatados por una presencia orgullosa: las espuelas doradas. Los caballeros que lucharon junto a los insubordinados gremios flamencos combatieron pie a tierra. ¡No llevaban espuelas!
            La espuela es símbolo del caballero. El más preciado de todos. Desposeer de ellas a un caballero era la afrenta más grande. Pero la espuela es signo de compromiso caballeresco, no de vanagloria. Y este fue el error de los franceses en la batalla de Courtrai. Por una parte, la caballería pesada era difícil de organizar en la estrategia militar; por otra, la infantería estaba cobrando nuevamente protagonismo como arma fundamental en los ejércitos. Los caballeros medievales no eran muy dados a evolucionar y se fueron quedando atrás. No fueron capaces de adaptarse a los cambios porque no tenían una base cultural para hacerlo, como los caballeros de los reinos cristianos de la Península Ibérica, hombres de “entrambas sillas”, los suficientemente preparados para luchar, como los franceses, montados en caballos de gran alzada y con armaduras pesadas, a la brida; o como los árabes, con armamento ligero y caballos ágiles y pequeños, a la jineta. Eran hombres de la frontera entre los reinos cristianos y Al-Andalus, y fueron la base de la caballería moderna del Gran Capitán, Gonzalo de Aguilar y Fernández de Córdoba, más apegado a la caballería ligera en apoyo de las unidades de infantería.
            La soberbia de los franceses les impidió dejar las espuelas doradas. La soberbia los derrotó en Courtroi. Y esta misma soberbia hizo que 80 años después los franceses se vengaran saqueando la ciudad. Pero la mítica caballería medieval quedó tocada de muerte por unos tejedores, comerciantes y artesanos de Brujas e Ypres.
            Los belgas arrancaron todas las espuelas doradas que, junto a los estandartes conseguidos en la batalla, colgaron en la pared de la iglesia de Courtrai. Unos dicen que fueron 500, otros que 700, incluso se afirmó que fueron más. Carlos IV asoló, años después Courtoi y se llevó las espuelas. En su lugar se levantó el Arco de las Espuelas de Oro.

            Las espuela no hacen al caballero. Es el caballero el que se gana las espuelas actuando como tal. Da lo mismo que sean doradas, plateadas, pavonadas o aceradas. El jinete tiene que ser digno de las espuelas y, sobre todo, del caballo. Esto es lo que le hace caballero.





lunes, 7 de septiembre de 2015

Pilentum, de Hispania para Roma, un carro de damas

A Encarni.

Puede extrañar que un carro manufacturado en Hispania causara furor en la Roma Republicana, en el Alto Imperio y persistiera su elitismo hasta el Bajo Imperio. Dicen fuentes antiguas romanas que este carro hispano se fabricaba ya en el 450 a de J.C. --no se puede olvidar que en el siglo VII a de J.C. existían carros en Tartessos, como el aparecido en la estela de Ategua (Córdoba)--. De esto se deduce que los carros hispanos ya gozaban de gran prestigio por lo que aumentaban la posición social de sus dueños. Sea como fuere, este carro, el Pilentum o Pilento, fue convirtiéndose en un carruaje legendario, apadrinado para entrar en la mitología cuando el suceso patriótico sucedido allá por el 359 a de J.C. cuando los galos destruyeron Roma y el cónsul M. Fucio Camilo, preclaro representante de una de las estructuras  sociales más antiguas de Roma, la gens Fucia, pidió a las matronas y mujeres pudientes romanas sus joyas para reconstruir la ciudad, por lo que fue llamado el 'Segundo Rómulo' o 'Fundador de Roma'. Ante este gesto generoso, Camilo correspondió con otro: el uso por parte de las mujeres romanas de los carruajes en las solemnidades oficiales de la Gran Urbe, entre ellos el Pilentum.
            Y el Pilentum se exportó a la ciudad de las Siete Colinas desde Hispania; y lo mismo que los británicos en el siglo XIX mejoraron los coches centroeuropeos, los romanos hicieron algo idéntico con el Pilentum; tanto que fue un vehículo de lujo por encima del Carpentum, que estaba destinado a las fiesta, mientras que el Pilentum se utilizaba en las procesiones sagradas.
            El carro de cuatro ruedas, como el Pilentum, se hizo fastuoso, enriqueciéndose, llenándose de lujos y comodidades. No en vano se concedió su uso a las mujeres de las familias romanas preeminentes para asistir a las procesiones más que a los juegos públicos –para ello empleaban el Carpentum o Carpento, vehículo también de lujo pero de dos ruedas--.
            El Pilentum se identificaba más con las vestales y sus ritos sagrados y con actos solemnes no rituales, como los desposorios entre personas de las clases más elevadas, llevando a la esposa a casa del desposado. También se utilizó como vehículo funerario, por supuesto portando en su caja la urna funeraria de personas importantes.
            Pero ¿cómo era este carro ensalzado hasta caso ser el antecedente de las carrozas, fabricado en Hispania y que era exportado como el aceite, el trigo, los metales y los caballos a la capital del Imperio? Pues un carro de lujo, con cuatros ruedas, construido con maderas preciadas, tallado artísticamente, con pilares de plata, también labrados, que sostenían una cubierta ricamente ornamentada como techo; pero, a diferencia del Carpentum, no tenía colgaduras, con la intención de ver y ser vistas en este carro. Iba acondicionado con cojines lujosos para comodidad de sus ocupantes.
            Publio Virgilio Marón, el más alto poeta latino de todos los tiempos, allá por finales del siglo I a de J.C., definió al Pilentum como un carruaje suave y cómodo, debido al mecanismo que hacia que la caja estuviera suspendida para que los movimientos fuertes de los ejes no se transmitieran al espacio destinado a los viajeros, lo que es indicativo del alto nivel técnico de los romanos.
            En definitiva, un carruaje español que durante siglos distinguió a las más selectas matronas romanas y que por la riqueza de sus materiales es el precursor de las carrozas que surgieron a partir del siglo XV en Europa.

            No se conoce cómo era en realidad. Se acompaña una ilustración idealizándolo, aunque aparecer cortinas..

lunes, 3 de agosto de 2015

Que disfruten del descanso estival. Gracias y hasta septiembre.

“… antes de un año se hace gaucho. Aprende a jinetear, a entropillar la hacienda, a carnear, a manejar el lazo que sujeta y las boleadoras que tumban, a resistir el sueño, las tormentas, las heladas y el sol, a arrear con el silbido y el grito”.

Jorge Luis Borges, ‘El Aleph’. 1949


domingo, 26 de julio de 2015

‘Bayard’, el caballo poderoso de los débiles

Parece que el caballo es el que le da poder al hombre, quien en ocasiones es más indefenso que el noble animal, aunque de mente más retorcida, tanto, que no reconoce que estas bestias le otorguen los principios de la justicia y equidad que exigen el ser caballero. Y un hecho que pone de manifiesto que el caballo prefiere estar de parte de lo justo –o, más bien, que el débil desee conseguir la fuerza y el poder que posee el caballo para obtener justicia, más que como instrumento de venganza--  es el que emana de la leyenda medieval francesa de ‘Los cuatro hijos de Aymón’. Parece ser que el gran Carlomagno tuvo una personalidad ambiciosa, tanto que intentó derrotar a su hermano Carlomán. Y parece ser que fue contestado dentro de su reino, surgiendo una leyenda en la que los ‘débiles’ de entre sus nobles, le plantaron cara. Pero su poder era tan grande, que los aplastó a todos. Esta contestación hace que recaigan sombras sobre el considerado padre de Europa. Se trata de una leyenda épica francesa de principios del XIII conocida como ‘Los cuatro hijos de Aymon’. La crueldad y mal genio de Carlos I el Magno con sus súbditos sale a relucir. Renaut, o Renaud, uno de los hijos de Aymón, uno de los nobles fieles a Carlomagno, jugó una partida de ajedrez con un sobrino del emperador, llamado Bertolai, quien debió tener un carácter tan violento como el de su tío, y no estuvo muy conforme como iba transcurriendo el juego, por lo que Bertolai, actuando soberbiamente, golpeó a Renaut, quien pidió justicia al Magno, sin obtener respuesta, matando con el tablero de juego a Bertolai. Ante este hecho Renaut escapó de la corte en su caballo ‘Bayard’, seguido de sus hermanos. Por lo visto ‘Bayard’ era un caballo rápido y fuerte y consiguió llegar en poco tiempo a las Ardenas, donde construyeron un castillo. Vivieron en secreto hasta que el refugio fue descubierto, siendo cercados por el colérico Carlomagno y el padre de Renaud, que se mantuvo fiel al monarca carolingio, aunque los hermanos gozaron de la simpatía y apoyo de gran parte de la nobleza franca, en claro desacuerdo con el también denominado emperador de Occidente. Ante esta situación, los cuatro hermanos tuvieron que huir y lo hicieron montados en ‘Bayard’. Sí, los cuatro hermanos montados en el mismo caballo. Y tan magnífico hubo de ser  ‘Bayard’ que Carlomagno, después de varios avatares bélicos más con los cuatro hijos de Aymon les perdonó la vida y le exigío a Renaut que le entregase el caballo, además de que partiera hacia Tierra Santa como peregrino (aún faltaban unos doscientos años para que se iniciasen las Cruzadas). Y Carlomagno consiguió el famoso ‘Bayard’, un caballo que tenía varias poderes: hablaba con los humanos, era ligero pero con capacidad de transformarse hasta poder llevar a cuatro guerreros armados como los cuatro hermanos y mantener una velocidad extraordinaria. Se cuenta que el malevo Carlomagno intentó matar a ‘Bayard’ ahogándolo, pero el caballo consiguió escapar.
                Los cuatro hijos de Aymont fueron siempre fieles a las normas de los caballeros. Lucharon defendiendo la justicia, pidiendo justicia y no faltando al código medieval. Aunque no poderosos, contaron con el apoyo de parte de la nobleza francesa y el pueblo los admiró. Y en esta admiración y por estas cualidades caballerescas el imaginario popular vio en ‘Bayard’ el elemento  sobrenatural que los haría poderosos para combatir la injusticia. ‘Bayard’ posee las cualidades necesarias para que las personas puedan soñar en vivir justamente. Es un caballo noble, rápido pero que se adapta a las necesidades humanas –aumenta de tamaño para llevar a los cuatro hermanos—y entiende a los necesitados –posee uso de razón y habla con  los mortales--. Es el caballo con el que sueñan los débiles, los oprimidos; el caballo con el que soñaban los vasallos de Carlomagno y los nobles que no aprobaban sus manifestaciones coléricas y soberbias. Es el caballo mágico por excelencia puesto al servicio de los más desfavorecidos, que gracias a él pueden salir de la opresión de los poderosos. Es tal su nobleza que Carlomagno intentó eliminarlo. La grandeza de ‘Bayard’ persistió en la memoria de los europeos, haciéndose eterno en la magistral obra del Ariosto, ‘Orlando furioso’. Y de paso haciendo santo a su dueño, Renaut o Reinaldo, quien trabajo, según se cuenta, en la construcción de la catedral de Colonia, asesinándolo los albañiles y escondiendo su cuerpo.

‘Bayard’, el caballo mágico que no tiene protagonismo, dejándoselo todo al hombre. El caballo que se adapta al hombre y facilita su convivencia en la tierra. El caballo poderoso de los débiles. ‘Bayard’, el caballo que materializa los sueños de los más desfavorecidos.

domingo, 19 de julio de 2015

El caballo ¿patrimonio de la Humanidad?

El caballo ha acompañado al hombre en sus empresas de expansión y difusión, tanto sociales como militares y culturales. Sin el caballo, el transcurrir de los siglos hubiera sido más lento. Lentísimo.  El caballo le ha dado al hombre poder, fuerza y seguridad. Lo ha encumbrado. El caballo se ha entregado a los humanos hasta tal punto que ya no existe como raza primigenia. Se ha amoldado a todas las necesidades de los autodenominados seres superiores para satisfacerlos en el trabajo, en los caminos, en las guerras, en el comercio, en el ocio, en el deporte y en la cultura. Han nacidos nuevas razas para adaptarse al capricho del hombre.
            El hombre ha admirado tanto al caballo que aparece como símbolo del bien y del mal, del día y la noche, de lo divino y lo oscuro y subterráneo; objeto del triunfo humano o de la mezquindad del hombre –los medios de comunicación hablan estos días de la muerte de 22 caballos de pura raza española, jóvenes y sanos, producida por el hombre para cobrar la póliza de seguros--, pero también objeto de reconocimiento a tanto sacrificio y aportación social y cultural –la Asociación Córdoba Ecuestre, de España, está iniciando los trámites para declarar al caballo andaluz, también denominado pura raza española, aunque nacido como cordobés, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, iniciativa loable y única a nivel mundial para un reconocimiento que sería único--.
            En el 2011, una de las naciones que viven en parte del caballo pero que cuidan al caballo y la cultura ecuestre como ellos sólo saben hacer, Francia, obtuvo la distinción de la equitación tradicional francesa como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Se reconoció el equilibrio existente entre el animal y el hombre predominando el respeto al caballo y el componente tradicional y artístico, suavizando los ejercicios derivados de la doma para la guerra.  En el 2015, y coincidiendo con el 450 aniversario de la Escuela Española de Equitación de Viena, Austria ha solicitado que la equitación clásica y alta escuela que ser realiza en esta prestigiosa institución sean, igualmente, declaradas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.  Para el próximo año de 2016 Méjico ha solicitado que la charrería, esa manera tan peculiar de montar a los caballos domados para que realicen las faenas del campo, consiga este reconocimiento. Y España, una de las naciones que se podrían definir como principal en la cultura ecuestre a nivel mundial, presentó en 2013 el expediente para que consiguiera esta denominación el denominado ‘Caballo del Vino’, que se celebra en la localidad murciana de Caravaca de la Cruz, pero más bien como una fiesta de un recuerdo histórico, una celebración, eso sí, singular y que merece la pena conocer, visitar y que obtenga esta distinción.
            Y es en el año 2015, meses después de que los chinos clausuraran el Año del Caballo, cuando la asociación española Córdoba Ecuestre  está iniciando los trámites para que el caballo andaluz o español sea declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. No es el reconocimiento a una manera de tratar con el caballo, de respetarlo, de domarlo, ni de recordar un hecho histórico. Es algo  más. Es reconocer el valor intrínseco del caballo en su relación con el hombre, desde una perspectiva social y cultural. Córdoba Ecuestre desea que sea el caballo per se el reconocido por la Unesco, en nombre de todos los hombres, el que se proclame patrimonio de la Humanidad. Como lo ha sido siempre. El caballo como compañero del hombre. El que lo ha acompañado en sus empresas de expansión y difusión, tanto sociales como militares y culturales. Personificado en el andalusian horse o caballo español, un animal que nació en época de paz, allá por finales del siglo XVI, cuando Felipe II decidió crear un caballo bello, orgulloso y elegante, ordenando a su caballerizo mayor, Diego López de Haro, que lo obtuviera en las Caballerizas Reales de Córdoba. Un caballo que con el tiempo influyó en la cultura universal, estando representado en pinturas admiradas que cuelgan en los principales museos del mundo; que marcó las pautas de la equitación clásica en la etapa barroca en toda Europa, siendo causante del nacimiento de la Escuela Española de Equitación de Viena; que fue origen de razas de caballos prestigiosos, como los lipizzanos; que forma parte de la cultura ecuestre de Europa y América; que está, según la Ancce, la patronal del caballo español a nivel mundial, en los cinco continentes y en más de 60 naciones; que compite a nivel internacional en la élite mundial de la doma clásica y el enganche. Una raza que es madre y padre de los mejores caballos del mundo, nacida precisamente en la capital del caballo español, Córdoba.
            Córdoba Ecuestre no pide el reconocimiento a una manera peculiar de entender la equitación ni a un hecho histórico; la asociación cordobesa solicita un reconocimiento mundial al caballo, personificado en el caballo andaluz, o español, o, quizás, cordobés.
            El caballo necesita un reconocimiento sincero del hombre. Y esta apuesta de Córdoba Ecuestre puede serlo universalmente, sea la raza que sea de caballos.

            Y Caballo e historia, así lo piensa y pide su apoyo. El apoyo al caballo.




lunes, 13 de julio de 2015

Caballos con medalla, el pobre precio al reconocimiento

El conjunto hombre caballo forma un binomio que a lo largo de la historia ha conquistado grandes territorios, ganado decisivas batallas, salvado vidas, conseguido medallas en carreras, competiciones deportivas y concursos. Pero lo único que ha hecho el caballo ha sido darle gloria al hombre. Son los hombres los que se vanaglorian de haber ganado batallas, conquistado territorios, salvado vidas humanas y conseguido éxitos deportivos superando records. Una escarapela, un terrón de azúcar, una caricia y una buena venta. En  ocasiones, la muerte en el campo de batalla o una vida en el establo como semental. En la gran mayoría de los casos, el cariño de los dueños, difusión mediática durante el tiempo de éxitos y su nombre grabado en la genealogía de sucesores de élite. Y como guinda, el caballo, además de transportar al hombre, participar de manera importante en sus éxitos bélicos y deportivos, le concede el título de caballero.
         ¿Esto es todo lo que el hombre puede hacer por el caballo? Posiblemente sí: su reconocimiento y cariño. Pero el caballo es algo más. Goza de un gran atractivo y fuerte personalidad. Es el único animal que ha acompañado al hombre en sus empresas más importantes. Quien le ha dado seguridad y aumentado la fortaleza humana. Es símbolo de la vida (los caballos del Sol) y de la muerte (el caballo funerario); del bien (los ejemplares blancos) y el mal (los de capa negra); conduce al hombre al más allá y es imagen de poder, prestigio y dominio.
         Pero hubo personas que vieron en los actos de los caballos precisamente algo hermoso, con un componente vital que el hombre y sus circunstancias lo rodean de sufrimiento en ocasiones. Y hubo gente que vio en los animales grandeza en sus actos con el hombre y quiso valorar el trabajo de estos compañeros en el caminar de la historia de los humanos. Se trata de la londinense Maria Dickin, nacida en 1870, que al ver el estado deplorable en el que se encontraban los animales de los pobres de Londres decidió crear el People’s Dispensary for Sick Animals (PDSA: Dispensario Popular para Animales Enfermos) en 1917. La Gran Guerra estaba en marcha y en los ejércitos se seguían empleando animales en diversas actividades peligrosas, muriendo en numerosas ocasiones. La Segunda Guerra Mundial volvió a situar a los animales como uno de los grandes sacrificados en la contienda. Y en 1947 Mia Dickin se decidió a crear el galardón que lleva su nombre, la medalla Dickin, destinada a premiar el valor de los animales y su concepto del deber. El lema de la medalla es ‘Por su valentía’, rematando el reverso la gran labor que han realizado y realizan: ‘Nosotros también servimos’. Fueron numerosos los animales que recibieron esta condecoración al prestar servicios fundamentales que salvaron vidas en la Segunda Guerra Mundial, principalmente palomas mensajeras y perros. Pero en 1947 fue concedida a tres caballos que facilitaron la labor de rescate tras los bombardeos alemanes en varias ciudades británicas, ayudando, como ejemplares pertenecientes a la policía británica, y colaborando en el rescate de las personas afectadas por la explosión de las bombas. Se trata de ‘Olga’ y ‘Upstart’, a pesar de ser heridos levemente durante el bombardeo. El otro caballo condecorado fue ‘Regal’, que en dos ocasiones en incendios ocurridos tras la caída de bombas alemanas en los establos situados en el barrio londinense de Muswell Hill, herido, cubierto por los escombros y con la cuadra en llamas, mantuvo la calma, en esta situación límite, mostrando unas cualidades y ‘cabeza’.
         Se realizaron numerosos actos heroicos por parte de los caballos en las dos grandes guerras, principalmente en la primera, donde se barajan cifras escalofriantes de caballos que murieron en ella, entre cinco y ocho millones, Muchos caballos, y de ellos muchos españoles, pues España facilitó a los contendientes grandes cantidades de ejemplares para sustituir a los que cayeron en el campo de batalla. Y precisamente el año pasado, el 2014, le fue concedida la medalla Dickin a ‘Warrior’, el caballo del general Jack Seely, que estuvo en el Continente luchando desde 1914 a 1918, regresando sano a la granja donde nació, en la isla de Wigth. ‘Warrior’ recibió esta condecoración en nombre de todos los caballos británicos que combatieron en la Gran Guerra.
         La medalla Dickin es una medalla que premia solo a los animales, sin necesidad del hombre. La medalla Dickin es una medalla solo para los animales. En esta ocasión para unos ocho millones de caballos. Para ellos exclusivamente. Ganada con su esfuerzo, inteligencia y solidaridad con el hombre. Pobre reconocimiento para la labor de estos animales, pero, al menos, un reconocimiento.
‘Olga’ y ‘Upstart’ y ‘Regal’ con la medalla Dickin.

‘Warrior’ con el general  Jack Seely.

Maria Dickin.

domingo, 5 de julio de 2015

La música y los caballos o los caballos y la música

Relacionar caballos y música tiene, en principio, dos vertientes:
* Las composiciones musicales en las que el caballo posee un protagonismo especial, como en las obras en las que aparece este animal de Nicolai Rimski-Korsakov, Richard Wagner, Franz Liszt, Pietro Mascagni, Felix Mendelssohn, Hector Berlioz, etc.
* Las composiciones musicales que se realizan para realizar las pruebas Kür en Doma Clásica, concursos, exhibiciones, números circenses, etc.; o tomadas de compositores clásicos para realizarlas –incluso algunas que no tienen temática ecuestre, se precian de ser las más relacionadas con el caballo, como la ‘Obertura de Guillermo Tell’, del maestro italiano Gioachino Antonio Rossini--.
Se puede fantasear, sobre todo en esta era digital, con el caballo y la música. Pero ¿se piensa acaso que a los caballos les guste la música? Pues sí. A los caballos les gusta la música. Ya en el siglo III d.C, el filósofo italiano Claudio Eliano escribió en griego –Jorge Luis Borges lo definía como el mejor prototipo de ciudadano romano: “un romano helenizado”—‘De natura animalium’, una colección de leyendas y también historias de animales que contenían un mensaje moralizador en los actos de los animales.  Eliano refiere, en su Libro XII: “Las yeguas de Libia también experimentan placer ante los sones de la flauta. Se vuelven tiernas y mansas, ya no se enojan ni se encabritan, siguen a su guía, por donde las lleve la música y, si el hombre se detiene y no toca la flauta, ellas también se paran y callan; pero si el guía toca sones vivaces, las yeguas dejan caer lágrimas de gusto.  Así es que los yegüeros horadan una rama de adelfa, le hacen los orificios de una flauta, soplan y hechizan a estos animales”. El filósofo nacido en el Lacio, en la actual ciudad de Palestrina, entendió que los caballos tenían una sensibilidad especial para la música, no sólo para danzar a sus sones –no hay nada más que ver algunas küres de caballos emblemáticos en la actualidad, capaces de sublimar al hombre--, sino para disfrutar de ella: se “hechizan”  o, más bien, se asombran con ese sentido tan especial oriental que se descubre ante lo bello. Y Claudio Eliano, persona capacitada para cuestionarse cualquier noticia, no duda, ya que esto sucede en Libia, un territorio, en el concepto romano, amplio que poseía preciados caballos y mejores jinetes, capaces de cuidad y mirar a estos animales, como siempre.
Pero Eliano intenta fundamentar aún más el sentimiento de los caballos por la música, argumentando que uno de los pilares del arte dramático clásico griego, Eurípides, que vivió en el siglo V a.C. , en su obra ‘Alcestes’, sugiere un mismo sentimiento entre caballos y hombres al decir “Eurípides habla de los “cantos epitalámicos pastoriles”. Esa música de flauta induce a las yeguas al ardor amoroso  y excita a los machos, haciendo nacer en ellos el deseo de la cópula.  El apareamiento de los equinos se lleva a cabo de este modo y, por así decir, los sones  de la flauta constituyen un himno nupcial”.
La música es un lenguaje que entienden los caballos, quizás porque ha evolucionado a la par que las civilizaciones, o porque su naturaleza hace que este lenguaje encuentre en estos animales sentimientos de trascendencia. Y ello sucede en tierra milenaria de caballos, Libia, y entre gente que ama y entiende a los caballos, los libios.

El caballo tiene un instinto especial para la libertad, los espacios libres, la amistad y la música. El caballo gusta de la música, un lenguaje fácil y difícil de entender, pero el caballo es el animal que más tiempo ha acompañado al hombre en el devenir del tiempo y que se ha adentrado con él en tierras desconocidas con espíritu abierto.



domingo, 28 de junio de 2015

El caballo, vehículo hacia Dios

Mañana se celebra en la Iglesia Católica y la Bizantina la festividad de San Pedro y San Pablo. Simón Pedro, el primer apóstol de Jesús, el primero entre los doces. Pablo, el llamado apóstol de los gentiles, que no conoció en vida a Jesús, que no perteneció al grupo de los doce, pero que llegó, según la tradición, a Cristo a través del caballo. Pero, en realidad ¿fue el caballo vehículo hacia Dios o se volvió a utilizar al noble animal?
La verdad es que en los Hechos de los Apóstoles se dice que cayó al suelo, pero no desde dónde. Tras su caída y ceguera, el judío Saulo se convirtió en el cristiano Pablo. No se indica que cayera desde un caballo
El dominico De la Vorágine, a mediados del siglo XIII, dice “cayó al suelo, derribado del caballo, para que tuviera ocasión de alzarse interiormente cambiado”. Cuando la obra del fraile italiano fue llevada a prensa allá por el XV, se ilustró con Pablo en el suelo, caído de un caballo. A finales del XVI o al alba del XVII se representó montado o caído de su montura por Parmigianino, Caravaggio, Murillo, Rubens, y otros. Pero por qué del caballo. Pues el caballo, el pobre animal, era tenido por elemento de fuerza, poder, prestigio, altura, riqueza. Y desde la Baja Edad Media se pensó que Saulo era rico, poderoso y soberbio. Y cayó a tierra por orden celestial. En una apreciación ligera sobre el tema y tras la caída se deduce que el caballo es vehículo hacia Dios.
El caballo fue el instrumento de esta caída, instrumento imaginado por el hombre, que sin ningún motivo, en esta ocasión, no sacó a relucir las cualidades que ennoblecen a esta animal, y que el animal devuelve al hombre enriqueciéndolo, otorgándole el título de caballero y todo lo que confiere esta dignidad.
En esta ocasión se situó al caballo en un escenario en el que posiblemente no estuvo, pero era necesario que asumiera el animal defectos aborrecibles del hombre como su afán de riqueza, de guerra, su orgullo, el placer desmesurado, la incredulidad hacia Dios y la fe en las propias capacidades humanas. El caballo, representado como animal funerario y, por lo tanto, vehículo de muerte. El caballo, señal de guerra y violencia.
De la Vorágine, el dominico genovés, hizo caer a Saulo de lo alto de todos los defectos enumerados anteriormente. Los pintores renacentistas y barrocos representaron en el suelo al apóstol de los gentiles, que antes de caer era un “anticristo”, montado  en los pecados capitales, simbolizado en el caballo. El caballo fue vehículo divino, pero no fue el caballo del Señor. El caballo sirvió –y sirve-- al hombre según sus apetencias. Con la caída de san Pablo el hombre no fue el amigo fiel del noble animal. El hombre buscó para engrandecer el levantamiento de Pablo las cualidades negativas en el caballo.

Pero el caballo no representa virtudes ni defectos humanos. El caballo es un animal con sus cualidades y características, con sus propios defectos y virtudes. Y el caballo es un animal que ha servido al hombre desde unos cinco mil años, ayudando a sus avances y progresos. El caballo es, en sí, un animal de Dios y, por tanto, un vehículo de Él.
 Murillo.

 Rubens.

                                                                          Caravaggio.

domingo, 21 de junio de 2015

¿Caballo andaluz o español? Mejor, caballo cordobés

En 1570 comenzó a gestarse en el Reino de Córdoba un experimento destinado a crear un caballo bello y noble, por mandato del monarca español Felipe II, bajo cuyo gobierno se formó el imperio más extenso que haya existido nunca. El producto que nació de aquel proyecto es lo que se denomina en la actualidad caballo español.
Pero, caballo español por qué.  Pues porque nació en España, se cría en toda la Península Ibérica y los ganaderos de cualquier zona del país producen ejemplares denominados Pura Raza Española (PRE). Con esta denominación no existe ningún roce cultural, ni político, ni comercial. Todo sigue en orden. Aunque desde siempre han habido voces que abogaron porque se llame ‘caballo andaluz’, ya que nació en Andalucía. Voces prestigiosas y cualificadas como el fallecido catedrático de Veterinaria José Sanz Parejo, al que se unieron otros destacados veterinarios y ganaderos. Es más, fuera de España se conoce como ‘andalusian horse’.
El denominado actualmente PRE nació en territorios protegidos al sur de la raya real, que lo conformaban los reinos andaluces más Extremadura y Murcia. Pero fue un producto genuino creado en las Caballerizas Reales de Córdoba.
En la actualidad sigue la polémica, aunque la patronal del caballo español, a nivel mundial, Ancce, prefiere que se denomine así, ‘español’. No se considera correcto que un ganadero de PRE gallego, navarro, catalán, valenciano, castellano, etcétera, críe caballos andaluces, aunque nació en una zona concreta de Andalucía.
Así que parece que aunque sea andaluz existe un conceso, que no ha tenido discusión alguna, para que se denomine español.
Esta misma pregunta la hace mi compañero Ramón Azañón, prestigioso fotógrafo ecuestre. ¿Caballo español o andaluz? Las dos denominaciones son válidas y aceptables. Andaluz en el extranjero; español en España.
Pero hay que volver la vista atrás y pensar que este caballo surgió en Córdoba; nació en la ciudad de la Mezquita. Se creó en Córdoba y en los siglos de esplendor español, precisamente cuando se gestó este caballo de paz, caballo inteligente, de aires altos, noble, versátil, de gran corazón, se conoció de otra manera.
En una obra de don Luis Mexías de la Cerda, titulada ‘La tragedia famosa de doña Inés de Castro, reina de Portugal’, este ‘licenciado’ sevillano dio a conocer la partida de nacimiento de este caballo nacido en los reales establos cordobeses, en la siguiente composición: "Frisona ha de ser francés/ el buen lebrel, irlandés/ el artífice, italiano/ el buen león, africano/ y el caballo, cordobés". El licenciado Mexías de la Cerda distinguía en esta selección al mejor caballo de aquella época, el siglo XVII, que era conocido como cordobés. Con este nombre de caballos cordobés ha sido valorado como ejemplar de élite a través de los siglos. Con este nombre se denominaba a un caballo noble, bello, fuerte y que solo los más poderosos podían poseer. Distinguía el caballo cordobés.
Y Benito Pérez Galdós, en sus ‘Episodios Nacionales’ de la serie cuarta en la obra titulada ‘O’Donnell’, publicada allá por 1904, refiriéndose a la época isabelina, habla del prestigio de los caballos andaluces, y en un momento determinado elogia al caballo cordobés, nombrándolo con ‘denominación de origen’: “… y tus faetones, tus caballos normandos o cordobeses o del demonio, te daban fama de esplendidez y el diploma de hombre de buen gusto”. 
El caballo cordobés estaba en el subconsciente de los españoles como caballo que distinguía, como caballo extraordinario, como caballo singular. Así que, posiblemente, el nombre que mejor define al caballo nacido en el reino de Córdoba y que ha subsistido hasta hoy, después de más de cuatro siglos, sea el de ‘cordobés’.


Caballo cordobés que pudo haber conocido el licenciado don Luis Mexías de la Cerda.
Fachada principal de las Caballerizas Reales de Córdoba.

Cuadra principal de las Caballerizas Reales de Córdoba, donde nació el caballo cordobés o andaluz o español.

Pato principal de los establos regios cordobeses.

viernes, 12 de junio de 2015

Constantino o el caballo como testigo de un simulacro político-religioso (y II)

Y así surgieron en el siglo V las denominadas Actas Sylvestri, en la que el papa Silvestre cobra un desmedido protagonismo, escondido ante las persecuciones decretadas por Constantino. Pero el “pérfido” emperador enferma de lepra, la enfermedad bíblica por excelencia, y tras perder la esperanza de la cura por los médicos del Imperio, en sueños se le aparecen, ni más ni menos, que san Pedro y san Pablo, quienes le indican que Silvestre lo sanará. El obispo de Roma bautiza a Constantino y lo cura, y éste le otorga al papa una serie de favores, como el privilegio de ser considerado en el Imperio la cabeza de la Iglesia. Y ni más ni menos que avalado por Pedro y Pablo y Constantino. Este texto falso fue junto con otro del siglo VIII, la llamada Donatio Constantini (“Donación de Constantino”), en el que se añade que Constantino, como agradecimiento a Silvestre, le confirió además el territorio italiano y la subordinación del emperador al poder de los papas –sí, la subordinación del soberbio Constantino al poder temporal del papado y, por supuesto, al religioso--. Y en el XIII se dio el espaldarazo definitivo a este plan para elevar el poder de los papas en los planos religiosos y políticos. El poder supremo del papado. Prueba de ello son los frescos de la iglesia de los Cuatro Santos Coronados en Roma, realizados durante el enfrentamiento entre el papa Inocencio IV y Federico II, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. En uno de estos frescos, Silvestre va montado en un caballo blanco y Constantino, vestido con toda la parafernalia regia para que se notara su calidad suprema, lleva las riendas del caballo. El mensaje es claro: el poder terreno está sometido al eclesiástico. Con estos dos documentos falsos el papado pretendía dar fundamento a su poder omnímodo, basado en el emperador por excelencia del cristianismo, Constantino El Grande, y por san Pedro y San Pablo. Con ello, además, justificaban sus derechos sobre la península Itálica. Aunque es inimaginable que el soberbio Constantino llevara de las riendas el caballo de nadie, ni de ningún obispo, mucho menos de Silvestres, que ni apareció por Nicea, donde Constantino dirigió a su antojo el concilio. De nuevo el caballo es utilizado para realzar a una persona, en este caso al representante de la Iglesia, dejando en un segundo plano a otro individuo privilegiado, Constantino, por gozar del supremo derecho de llevar las riendas del caballo. En realidad el caballo es utilizado por la ambición desmedida y el egoísmo más intransigente, intentando con su presencia justificar pasiones, aspiraciones ilícitas y avaricias. El caballo usado para elevar a los poderosos. El caballo utilizado en un simulacro político religioso para conseguir más poder.



domingo, 7 de junio de 2015

La carroza de Dios

El jueves pasado se celebró en algunas ciudades la festividad del Corpus Christi y este domingo lo harán la mayoría de las poblaciones españolas. El Día del Señor, como es conocido popularmente, uno de los días grandes de la Cristiandad, también tiene relación con el caballo, y más concretamente con un elemento que realza más el poder, la carroza.
            Con la Corte instalada en la villa de Madrid, allá por el siglo XVI, la carroza tomó un gran protagonismo en la vida social. Al no tener que desplazarse de una ciudad a otra la corte, se podían tener carrozas preparadas para asistir a cualquier evento real,  nobiliario e, incluso, pasear para exhibir el status del propietario. Con la proliferación de las carrozas, se dictaron normas caca vez más protectoras hacia la aristocracia y se restringieron los motivos de su uso.
            La carroza fue para el rey. La monarquía se exhibió en estos vehículos lujosos, y sus allegados, la alta nobleza y los cargos principales de la Corte y también eclesiásticos tuvieron como “tarjeta de visita” las carrozas y los coches de caballos. Sólo los grandes utilizaron estos vehículos durante los siglos XVI al XVIII.
            A lo largo de la Historia los reyes lo han sido por gracia divina, una manera de defender su privilegiada posición y tener el apoyo de la población –y el de la Iglesia, que de esta manera también tenía ascendencia sobre el poder real--.
            El carro, vehículo de dioses y divinidades, pasó a los reyes, desde Persia, como símbolo del poder supremo, hasta la Península Ibérica, a unos reyes que se sentían elegidos por Dios –un Dios que, por lo visto, solo bendecía a los miembros de la familia real--.
            Tan creído se tenían los monarcas que su realeza era por gracia divina que Carlos II, según se cuenta, a principios de 1685, cuando viajaba en carroza, por Madrid, a orillas del río Manzanares, se encontró con el párroco de la iglesia de San Martín, que llevaba el viático a un enfermo. El último de los Austrias hispano se bajó de la carroza, se arrodilló ante el Santísimo, el único que estaba por encima de él, y cedió el vehículo al sacerdote para que lo llevara raudo al enfermo. Este hecho fue fundamental para que Dios estuviera en la carroza, símbolo de la realeza que desde esta fecha elevó al carruaje a vehículo divino, y se magnificó, teniendo gran trascendencia, dejando los nobles y principales sus mejores carrozas para que los sacerdotes llevaran el viático a los enfermos. Principalmente porque el hecho se politizó, convocándose un certamen poético para encumbrar tan humilde gesto regio. Tanta importancia se le dio al suceso que esta convocatoria llegó a tierras americanas, participando en ella sor Juana Inés de la Cruz, curiosamente religiosa de la orden de San Jerónimo. Y precisamente con el primer Borbón que tuvo el reino de España como rey, Felipe V, sobrino nieto de Carlos II, se dictó auto regio obligando a los miembros del consejo real a dejar sus carruajes al encontrarse con el Santísimo.
            Se prestaron para este oficio las carrozas mejor decoradas y las más destacadas. Se construyeron nuevas, sobresaliendo respecto a la de reyes y aristocracia y decoradas con pinturas alusivas a la Sagrada Eucaristía. Los nobles dejaron para este fin sus mejores carruajes, aduciendo que tanto lujo y riqueza eran más digno del Rey de Reyes que de los monarcas terrenos, que ya demasiado tenían con agradecer al Creador el ser reyes por su gracia.

            La carroza fue el vehículo de Dios. Al final el hombre supo poner el carruaje en el lugar donde se vanaglorió, en el Olimpo de los dioses, cuando las deidades griegas controlaban el tiempo, las estaciones y los sucesos de los humanos precisamente a través de los carros tirados por caballos, cisnes, caballos de mar, leones y otros animales. El carro pertenecía a Dios, al Hacedor, para mayor gloria suya. Y la carroza, tirada por caballos o por personas, llevó a Dios en uno de los “días que brillan más que el Sol”, el jueves del Corpus Christi. Recuerdo de ello son las carrozas que hubo o hay en Toledo, Logroño, Granada, Ávila, etcétera. Son las carrozas de Dios.





domingo, 31 de mayo de 2015

Constantino o el caballo como testigo de un simulacro político-religioso (I)

La grandeza del hombre es un reflejo de sus miserias. Ni Dios, ni los dioses, ni los hombres, ni los caballos son respetados en pro de la ambición personal, que como tal ambición desmedida desean perpetuar en las instituciones que gobiernan o crean, imaginando que a través de ellas vivirán o gobernarán para siempre. Como decía el psiquíatra Carlos Castilla del Pino “uno sobrevive sólo en el recuerdo de los demás”. Y por sobrevivir en el recuerdo de los demás el hombre ha mentido, falsificado, despreciado y eliminado obstáculos sin reflexionar, ni valorar, ni respetar al hombre. Una historia de ello es la de un personaje venerado por la cristiandad, sobre el que la misma religión cristiana levantó una leyenda para cobrarse lo que antes este personaje obtuvo en su provecho de la legalización de esta religión nacida del Judaísmo dos siglos atrás. Se trata de Cayo Flavio Valero Constantino, vulgo Constantino el Grande. Hombre de personalidad fuerte, más bien ególatra, destacando su megalomanía como cualidad principal, no tuvo escrúpulos en apoyar al incipiente Cristianismo de base martirial para proclamarlo como una de las religiones principales del Imperio Romano que reunificó tras derrotar personalmente a los augustos Majencio y Licinio, pares suyos. La estructura que imaginó del Cristianismo, o quizás la que extrapoló hacia esta incipiente religión, le interesó para mantener el esqueleto de su imperio, de claro corte oriental, donde el monarca –en este caso el emperador— estaba en la cima, a la que era cuasi imposible llegar debido al círculo de cortesanos que rodeaban al emperador, quien destacaba por sus gestos, sus vestiduras, su mobiliario y su liturgia. El emperador era único e inalcanzable. Y esto lo entrevió el emperador nacido en la Mesia, hijo de Constancio Cloro y de la santa posadera Elena. Apoyó al paganismo y al Cristianismo y en el concilio de Nicea elevó a éste último cuasi a religión oficial y él mismo, sin estar bautizado, dirigió de principio a fin la reunión en su provecho, definiéndose como obispo e incluso apóstol. Hay incluso quien dice que en el Cristianismo existe un antes y un después de la interferencia de Constantino el Grande. Tanto que su principal consejero fue el obispo de Córdoba Osio, en detrimento del insignificante obispo de Roma, Silvestre, que, a pesar de ser papa --se comenta que sobresalió por la construcción de algunos templos, como el de San Juan de Letrán, o por haber impulsado la liturgia--, no estuvo siquiera en Nicea, aunque a la ciudad situada en Bitinia (Asia Menor) acudieron cuasi todos los obispos cristianos. Por cierto, que el narcisista Constantino –que gobernó como emperador desde 314 a 337--, aún teniendo a Osio como asesor, sólo se bautizó poco antes de su muerte y precisamente por un obispo arriano –la herejía combatida en Nicea--, Eusebio de Nicomedia. Constantino potenció una religión que aumentaba su poder, pero lo que no supo calibrar es que esta religión lo absorbería en la posteridad e impregnaría su leyenda con lo que el Cristianismo requería.  Con estos favores al cristianismo Constantino se presentó ante el pueblo como avalado por Dios, y el imperator le otorgó privilegios a los obispos de Roma. Y los obispos de Roma aprendieron que ellos también podían tener la primacía religiosa.


viernes, 22 de mayo de 2015

Pablo de Céspedes, cuando la pintura se hace palabras en el caballo

Uno de los caballos más bellos del mundo, dicen, es el español. El proyecto genético más importante iniciado del siglo XVII por Felipe II, cuando España entró en un período de paz y bonanza económica. El monarca de la casa de los Austrias, en este período de calma y sosiego, abandonó los enormes y sufridos caballos centroeuropeos de guerra para crear un caballo nuevo, el caballo de la paz. Animal elegante, soberbio en belleza, equilibrado y armonioso en las formas, esforzado en el cuerpo y el espíritu y noble de corazón. Es el caballo español. Eligió como responsable de este experimento a don Diego López de Haro, caballerizo mayor al que ordenó en 1565 crear un caballo nuevo, el caballo español. Y también eligió Córdoba como la ciudad idónea para que se llevara a cabo este proyecto, mandando, así mismo, construir las Caballerizas Reales en la ciudad de la Mezquita. Fueron más de treinta años eligiendo yeguas, seleccionando sementales, enamorándose de ejemplares nacidos de estos cruces y tomando la decisión de cuáles eran los idóneos para ser caballos de reyes, de paz y ser montados por los monarcas en una mañana luminosa pasando revista a victoriosos ejércitos o paseando por bosques o jardines regios. Fueron caballos elegante, soberbio en belleza, equilibrado y armonioso en las formas, esforzado en el cuerpo y el espíritu y noble de corazón. Fueron los caballos andaluces, reconocidos cinco siglos después en todo el mundo como andalusian horse, y en España, por cuestiones políticas y económicas, caballo español. Ha sido definido en novelas y destacadas su cualidades; los pintores lo han exaltado y la poesía ha elevado sus cualidades y belleza.
         Hubo un pintor y poeta sobresaliente en la Córdoba del XVI. Pablo de Céspedes, escultor, pintor, escritor, poeta, arquitecto y racionero de la Catedral de Córdoba. Un intelectual nacido en la que fue resplandeciente capital de Al Andalus sobre 1538 y fallecido en la misma ciudad en 1608. Fue coetáneo de don Diego López de Haro y conoció durante sus dos estancias en Italia –regresó a Córdoba para quedarse en la ciudad en 1577, aunque con frecuentes viajes a Sevilla— a importantes y prestigiosos artistas de todas las ramas, por lo que es lógico que estuviera influenciado por la plasticidad y belleza de todo lo relacionado con el caballo. Destaca su obra ‘El poema de la pintura’, escrito a finales de su vida, en el que la crítica comparó los versos dedicados al caballo con los que Virgilio dedicó al noble animal. Cultura latina, conocimiento del caballo en la ciudad de Córdoba –como racionero de la Catedral vería con frecuencia los ejemplares de las vecinas Caballerizas Reales-- y una sensibilidad especial de un artista, humanista y principal valedor del Renacimiento italiano en España. Posiblemente sea la primera y más bella descripción del primer y más bello ejemplar de caballo español creado por el principal artífice material de estos animales, Diego López de Haro; las palabras de un insigne pintor español, su paisano Pablo de Céspedes, pintor destacado en su época que puso su paleta de colores al servicio de la palabra para describir el caballo español:

Más sobre todo ten siempre a la mano
El bizarro dibujo del caballo,
Con que tanto enriquece la pintura
El aliento, caudal y hermosura.
Muchos hay que la fama ilustre y nombre
Por estudio más alto ennobleciera
Con obras famosísimas, do el hombre
Explica el artificio y la manera:
Solo el caballo les dará renombre
Y gloria en la presente y venidera
Edad, pasando del dibujo esquivo
A descubrirnos cuanto muestra el vivo.
Que parezca en el aire y movimiento
La generosa raza do ha venido:
Salga con altivez y atrevimiento
Vivo en la vista, en la cerviz erguido;
Estribe en firme el brazo en duro asiento
Con el pie resonante y atrevido.
Animoso, insolente, libre, ufano,
Sin temer el horror de estruendo vano.

Brioso el alto cuello y enarcado
Con la cabeza descarnada y viva:
Llenas las cuencas: ancho y dilatado
El bello espacio de la frente altiva:
Breve el vientre rollizo, no pesado
Ni caído de lados, y que aviva
Los ojos eminentes: las orejas
Altas sin derramarlas y parejas.

Brilla hinchado el fervoroso pecho,
Con los músculos fuertes y carnosos:
Hondo el canal dividirá derecho,
Con gruesos cuartos limpios y hermosos:
Llena la anca y crecida: largo el trecho
De la cola y cabellos desdeñosos:
Ancho el hueso del brazo y descarnado:
El casco negro, liso y acopado.

Parezca que desdeña ser postrero
Si acaso caminando, ignoto puente
Se le opone al encuentro, y delantero
Precede á todo el escuadrón siguiente;
Seguro, osado, denodado y fiero
No duda de arrojarse á la corriente
Raudal, que con las olas retorcidas
Resuena en las riberas combatidas.
Si de lejos al arma dio el aliento
Ronco la trompa militar de Marte,
De repente estremece un movimiento
Los miembros, sin parar en una parte;
Crece el resuello y recogido el viento
Por la abierta nariz ardiendo parte;
Arroja por el cuello levantado
El cerdoso cabello al diestro lado


Quizás sea un retrato pintado con las palabras de Pablo de Céspedes, que conoció de primera mano al caballo andaluz, el caballo de Felipe II; el caballo antecesor del actual PRE.