viernes, 26 de diciembre de 2014

Salomón, rey de los carros

Salomón, hijo de David, fue un gran rey para Israel. Sabio, perfecto juez y gran amante –tuvo unas 700 esposas, según se cuenta, y 300 concubinas--. Preservó a Israel de sus enemigos y vivió en paz, no llegando a ver cómo su reino se dividió en dos después de su muerte. Vivió entre los siglos X y IX a.C. este rey pecador, gran poeta y extraordinario y destacado comerciante. Fue uno de los proveedores de armas más importantes de esta zona del Mediterráneo, según Paul Johnson. Hábil en las transacciones comerciales, casó con la hija del faraón de Egipto, y, tras múltiples matrimonios, llegó a acuerdos de paz con todos sus vecinos, por lo que el comercio fue floreciente en el reino de Israel, estratégicamente situado entre Egipto y Siria, consiguiendo grandes beneficios, que empleó en diversas construcciones importantes, entre ellas el Templo, ideado por su padre, David, quien también le dejó a Salomón una suma importante de oro, plata y bronce destinada a la edificación de la Casa de Dios.
            Parte de los beneficios los consiguió comprando los apreciados caballos de Cilicia, adquiridos en Musri y Coa, vendiéndolos principalmente a Egipto, en donde compraba uno de sus productos más apreciados y especiales, los carros de guerra, vendiéndolos después, lo mismo que los caballos, a precios muy superiores, a sus vecinos del norte y este.
            Salomón, como soberano compró también numerosos carros de guerra para defender sus fronteras y, quizás, para controlar las tribus de Israel que habitaban el norte del reino, que se sintieron despechadas en cierto modo al situar el culto en Jerusalén, abandonando lugares sagrados como Siquem  y Betel.
            El Libro de los Reyes dice que Salomón llegó a tener 1.400 carros de guerra, y algunas fuentes añaden que contó con 40.000 caballos para engancharlos, construyendo caballerizas especiales para ello en las ciudades de Meguido, Gezer y Hazor. En la primera de ellas, de las que se conservan aún los restos, había cuadras para 450 caballos y cocheras para 150 carros.

            No fue un rey agresivo ni tuvo problemas militares importantes. Fue un hombre sabio y previsor ante posibles conflictos armados y su poder lo mostraba a través de sus carros y la importante fuerza a caballo de su ejército.




Restos arqueológicos de las caballerizas de Salomón en Meguido.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Ibn al Awwa

En el Kitab al Filaha (Libro de Agricultura) del agricultor sevillano Abu Zakariya Yahya ibn Muhammed ibn Ahmad ibn al Awwam al Ishibili, que vivió entre las centurias del XII y XIII, y que en el siglo fue llamado Ibn al Awwan, en el capítulo XXXII --De la cría de los caballos, mulos, asnos y camellos…— habla de la cría de caballos con una idea fija, la misma meta que los ganaderos han tenido a lo largo de la historia:  “Dícese, que el mejor caballo que se destina para padre es aquél cuyas calidades excelentes lo sean en grado perfecto, cuya raza sea conocida, de cuya robustez se tenga conocimiento práctico, y cuyos vicios no sean los que consistan en su natural condición y raza, como la violencia, la indocilidad, la rabiosa fiereza y la venganza. En toda especia de bestias no se han de escoger para padres sino las que fueren más ágiles y briosas. Las más que se sacaren para este efecto, ni han de ser impotentes por mucha edad, ni débiles por poca; esto es, que han de pasar de quatro años hasta diez, y estar libres de los vicios que se propagan de una en otra; pues siendo defecto en la naturaleza ser dura, fiera e indócil, sus crías vendrían de las mismas propiedades”. En todas la épocas la selección con los ejemplares más fuertes y jóvenes, sin defectos ninguno, con las características raciales de cada tiempo y zona, han sido el santo y seña de los ganaderos. Son conocimientos genéticos que los amantes de los caballos han ido pasándose de generación en generación hasta conseguir los caballos ideales según cada cultura.




viernes, 12 de diciembre de 2014

Don Zulema, o el caballo en el sacrilegio

El caballo ha infundido siempre al hombre un aire de superioridad. La superioridad emanada de la altura que presta este animal y la fortaleza que a un buen jinete otorgan los seiscientos kilos de músculo de un caballo. Y el caballo ha sido un elemento relacionado con los creyentes desde siempre. Por eso, nada más ofensivo que violar con un caballo –símbolo de poder y grandeza— el terreno sagrado del enemigo. Iglesias y mezquitas han sido profanadas con hechos violentos, y el caballo, como “invitado de piedra”, ha formado parte de estas actitudes sacrílegas simplemente porque el hombre ha querido mostrar su grandeza a lomos de él, sin tener precisamente tanta altura, en ocasiones, como el noble animal. Hay una leyenda rescatada por Ramón Menéndez Pidal, literato, filólogo y medievalista, publicada en Gesellschaft für romanische Literatur, de la que era asesor junto a su maestro Menéndez y Pelayo, en 1903. Se trata de La leyenda del abad Juan de Montemayor. El abad, una noche de Navidad halló en la puerta de la iglesia a una criatura abandonada, fruto del incesto. Le puso el nombre de García y lo crio, enviándolo a educar con su sobrino el rey Ramiro de León. Una vez educado el monarca le hizo regresar a Montemayor (Portugal) con 300 caballeros. Con corazón envidioso García manifestó al abad su intención de ir a combatir a los moros de Almanzor. Pero la traición que anidaba en él “por su oscuro nacimiento” le hizo enviar emisarios a Almanzor para que lo recibiera. El pérfido y joven caballero don García pidió a don Juan, abad de Montemayor, que le dejara ir a combatir al caudillo cordobés, a lo que accedió entristecido, dándole permiso y enviando con el traidor a su sobrino Bermud Martínez. Cuando llegaron a Córdoba, los recibió Almanzor con gran familiaridad, entrando en la ciudad califal y en la puerta de la Mezquita renegó de su fe y del bautismo, convirtiéndose al Islam y “prometiendo hacer siempre mal a los cristianos”. A continuación cumplió con el rito de la circuncisión, “bebió de su propia sangre” –costumbre que sorprendió al siempre exigente  y riguroso sabio, Menéndez Pidal, por no encontrar antecedentes—  cambió su nombre por el de don Zulema. Martínez huyó de Córdoba entre incrédulo y asombrado, llegando a Montemayor, informando al poderoso abad. Y se cumplió el sueño de Zulema, llevar la muerte a los cristianos. Con el poderoso Almanzor invadió los reinos cristianos llegando a Santiago de Compostela. Don Zulema entró en la ciudad gallega, penetrando en la iglesia de Santiago montado a caballo y quemando las reliquias. Aunque este sacrilegio aumentó a los largo de los siglos, ya que se añadió que el pérfido Zulema yació con su mujer en el altar y quemó las Sagradas Formas. Incluso afirman que el caballo depuso sus excrementos en el altar e incluso afirman que el pérfido quemó el templo. El final de Zulema es, como no podía ser otro, morir a manos del abad Juan de Montemayor. El caballo, utilizado como animal que puede destruir todo lo que pisa –leyenda de Atila--, incluso lo más sagrado. El caballo, un animal que confía en el hombre, aunque éste lo utilice para sus fines, sean nobles o viles, sin él tener nada que ver con los deseos humanos.





sábado, 6 de diciembre de 2014

Poseidón, el padre de los caballos

Poseidón, el dios olímpico hijo de Cronos y Rea, al que en el reparto del mundo hecho entre Zeus, Heras y él le correspondió el mar. Dios polémico donde los haya, tuvo numerosas disputas para intentar el patronazgo sobre las ciudades griegas, no logrando en la gran mayoría el afecto buscado. Curiosamente, como el dios marino, tuvo importante relación con dos de los animales terrestres que más han influido en el hombre: el toro y el caballo. Poseidón creó el caballo golpeando con su tridente la tierra de la Acrópolis, tras una disputa con Atenea, en esta ocasión por la posesión del Ática. De ahí su amor sagrado a este animal, considerándosele el creador del caballo,  y yendo más allá este sentimiento hasta atribuírsele el arte y la pericia de domarlos. Parece que de esta manera se cierra el ciclo del dios del mar con el noble animal. Pero no fue así, ya que como rey de las aguas, tuvo frecuentes relaciones con fuentes y ríos. Tomando la forma del río Enipeo (dios-río de la región de Tesalia), sedujo a Tiro, hija de Salmoneo, de la que engendró a los gemelos Pelia y Neleo, dos afamados jinetes. Esta relación con corrientes fluviales y el mar fue fundamental para que ciertos pueblos griegos sacrificaran caballos a Poseidón. Pero el reconocimiento al dios lo tuvo también en Roma, donde era conocido como Neptuno, recibiendo honores como dios ecuestre.  Con una gran capacidad de amar, cuando Deméter (la diosa de la tierra cultivada) quiso huir de sus pretensiones amatorias, cometió el error de transformarse en yegua, facilitando a Poseidón la labor, pues este tomó la forma de caballo, uniéndose a ella, naciendo de esta relación Arión, el caballo más rápido. Y para valorar aún más la relación con estos bellos animales, se cuenta que este problemático dios engendró, en el templo dedicado a su enemiga, la diosa Atenea, en Medusa al magnífico caballo alado Pegaso. Con todos estos antecedentes y algunos más que se irán narrando, Poseidón puede considerarse el padre de los caballos.   




martes, 2 de diciembre de 2014

Andrew Harclay ¿caballero sin espuelas?

No puede existir un caballero sin espuelas, sobre todo desde la épica y la moral del Medievo. El caballo creó al caballero, al que infundió normas que lo elevaron, como también lo hacía con su cuerpo al montarse. Pero la identidad del caballero radica más cerca de la tierra, en las espuelas. Esta ayuda para dominar al animal se convirtió en el objetivo de pajes, escuderos, donceles y buscadores de fama, honores y gloria. En cambio, perder las espuelas era lo más vergonzoso y degradante que podía pasar a un caballero. Con ellas también perdía identidad, honor y honra. Si la espada era símbolo de poder y victoria, la espuela le daba al hombre la esencia de ser caballero. El ritual de de poner las espuelas al armar a un caballero era importante, lo mismo que el quitar las espuelas al degradarlo. Hubo numerosos casos de degradación, que casi siempre fue lo mismo, al que se le añadían otras vergüenzas públicas y, en ocasiones, muertes cruentas. Este es el caso del primer conde de Carlisle, en el condado de Cumbria (Inglaterra), Andrew Harclay (1270-1323). Vivió en la frontera entre Inglaterra y Escocia, en época aciaga. Acostumbrado a luchar contra los escoceses, liderados por Robert Bruce, rey de Escocia, fue asimilando la táctica de los norteños, especializados en la guerra de guerrillas. Se distinguió en esta guerra y fue nombrado caballero por Thomas de Lancaster en 1312. Robert Bruce sitio el castillo de Carlisle en 1315, que fue rechazado por Harclay, por lo que fue recompensado por el débil rey Edward II, que no supo llevar bien el problema escocés. A principios de 1316 fue capturado por los escoceses, teniendo que pagar el rey inglés un rescate por su liberación, a pesar de que corrían rumores en la corte en contra de Andrew Harclay. El rey consiguió la suma pedida por los escoceses y lo liberó. Harclay le devolvió el favor al rey, mostrando su fidelidad. Thomas de Lancaster se sublevó contra el monarca al ver que no era muy eficiente en la guerra mantenida con Escocia. Y fue en la batalla de Boroughbridge donde el caballero Andrew Harclay derrotó al conde de Lancaster, a pesar de que éste le prometió ganancias y honores si lo apoyaba. Permaneció fie al rey. Pero el azar quiso que Edward II fuera derrotado por Robert Bruce en Yorkshire, en 1322, en la batalla de Old Bylan, a la que acudió Andrew Harclay, pero no llegó a tiempo para evitar la derrota  y que el rey estuviera a punto de ser capturado en la abadía de Rievaulx. De esta situación lo acusaron los enemigos del conde de Carlisle. Harclay comprendió que la guerra con los escoceses no iba por buen camino y que la población en las fronteras estaba sufriendo las consecuencias. Andrew Harcley, dicen, recibió poderes del rey para negociar con el rebelde monarca escocés. Llegó a un acuerdo con él, y firmó una tregua con Robert Bruce, pero, comentan otros, se extralimitó en sus funciones. Edward II, alentado por la multitud de enemigos que el héroe de Boroughbridge tenía en la corte, ordenó su arresto, mandando a sir Anthony Lucy para tal cometido. Juntáronse la inquina que el monarca inglés tenía sobre el caballero Harcley tras la derrota de Old Bylan y que Lucy había sido desposeído de sus tierras allá por 1322 por Andrew. Lucy entró en el castillo de Carlisle sin apenas fuerzas, ya que su dueño confiaba en él. Fue detenido, juzgado sin poder defenderse y mandado a la horca. Ello precedido por las pomposas palabras de sin Antonhy Lucy: “Vas a perder la orden de caballería que era el símbolo de tu honor”, y un criado le quitó las espuelas, signo de la caballería. Andrew Harcley había dejado de ser caballero. Después, su espada, con la que fue dignificado como conde, la rompieron sobre su cabeza. A continuación, con dignidad, proclamó que lo había hecho por el bien de Inglaterra y de sus gentes. Posteriormente se le ahorcó y descuartizó, dividiendo su cuerpo en cinco partes que fueron a parar a diferentes lugares: la cabeza al puente de Londres; las cuatro partes restantes en las que fue dividido su cuerpo a Carlisle, Newcastle, Bristol, y Dover. Seis años después su hermana pidió permiso a Edward III para poder enterrar el cadáver de Andrew, lo que le fue concedido, pero no la petición de anulación del cargo de traición. Y eso, que tres meses después de la muerte de Andrew Harclay, Edward II firmó una tregua con los escoceses. El conde de Carlisle fue conocido, después de su muerte, como un traidor, apelativo que todavía no ha sido limpiado. Actuó, eso sí, extralimitándose respecto a las funciones del rey, pero obró por un bien mayor que el de la corona; por el bien del pueblo. Posiblemente Harclay fuera toda su vida un caballero, aunque como caso atípico, al final de sus días no llevara espuelas.