domingo, 30 de noviembre de 2014

‘Warrior’, el último caballo de batalla

No es que haya sido el último ejemplar que combatiera en las guerras, pues en la Segunda Guerra Mundial aún se produjeron enfrentamientos en los que participaron escuadrones de caballería. ‘Warrior’ fue un caballo inglés que participó en la Primera Guerra Mundial durante toda la contienda, desde agosto de 1914 hasta septiembre de 1918. La historia de ‘Warrior’ es una historia de milagro, pues en la Gran Contienda en la que murieron, se dice, unos ocho millones de equinos –tanto caballos como mulas, aunque gracias a la gran labor de los cuerpos veterinarios europeos, principalmente el británico el  número de muertes no fue mayor-- en el campo de batalla, por agotamiento, en incendios, gaseados en el frente, por enfermedades y hambre, este ejemplar inglés tuvo la suerte de regresar a la granja donde nació, en la isla de Wight, en la costa sur inglesa. Allí lo crió su dueño, el general Jack Seely y con él participó en acciones bélicas en territorio europeo, destacando su presencia en la famosa batalla de Moreuil Wood, el Sábado Santo de 1918, donde Seely con 1.000 dragones canadienses detuvo la ofensiva alemana, realizando cargas de caballería. A partir de esta batalla, la Gran Guerra abandonó la inmovilidad de las trincheras y comenzaron los combates decisivos. En la isla de Wight estuvo viviendo en la granja que le vio nacer con la familia Seely, hasta que murió a la edad de 33 años, tras cuatro duros años caminar y luchar en terrenos enfangados, sembrados de alambradas, frío, disparos de ametralladores y obuses, disparos, cargas, terrenos boscosos, incendios y fuego de fusilería. Tras su regreso a tierras inglesas participó en el desfile de la victoria en Hyde Park y ganó la carrera en la que su padre fue primero en 1909, en la isla de Wight. En las celebraciones que Gran Bretaña ha realizado en conmemoración del centenario de la Primera Guerra Mundial, este año de 2014, a ‘Warrior’ lo han condecorado, cien años después, con la Cruz de la Victoria, a título póstumo, concedida a los animales del Ejército británico. Además, en una nación educada en el amor y la cultura del caballo, le han erigido al general Jack Seely y a ‘Warrior’ un monumento ecuestre en bronce en el castillo medieval de Carisbrooke, en el centro de la isla de Wight. 



viernes, 28 de noviembre de 2014

Caballos libios

El caballo berberisco ha tenido siempre gran fama, desde la antigüedad. A la vez que sus jinetes. Si ya los cartagineses los admiraron y utilizaron sus servicios, los romanos, desde la República, no le fueron a la zaga y apreciaron tanto a jinetes como a caballos. Uno de los romanos que más destacó en su investigación fue Claudio Eliano, filósofo romano de los siglos II y III de la era cristiana que escribió De natura animalium, compendio de historias y leyendas que la crítica actual lleva al terreno de lo fantasioso pero que encierra conocimientos certeros y profundos sobre los animales. En este caso concreto describe con veracidad las características del caballo libio y sus jinetes, de oídas, pero declarando que ha escuchado el relato de las personas que los montaban. Para Eliano son caballos rápidos y que no se fatigan. Estos ejemplares, delgados y de pocas carnes, están acostumbrados a no recibir cuido ninguno por parte de sus dueños, según el filósofo latino nacido en Palestrina o Prenestre, una de las ciudades más antiguas del Lacio. Ni los lavaban, ni cuidaban, ni aderezaban con crines onduladas, ni los peinaban, ni les limpiaban los cascos, ni los premiaban con el reconfortante baño tras realizar esfuerzos grandes. Les daban el mejor de los regalos, dejarlos pacer a su albedrío.  Claudio Eliano da una descripción de sus jinetes: “A su vez, los libios son tan magros y sucios como los caballos en que montan”. Sea como fuere, los mejores jinetes con unos caballos escogidos.





miércoles, 26 de noviembre de 2014

Héctor Priámida, el domador de caballos

La  mitología griega y los poetas Homero y Virgilio, entre otros, nos dejan constancia de famosos domadores de caballos, un calificativo que debió contar con un gran prestigio en la antigüedad, pues más que definir una profesión era un signo de distinción. Y entre los agasajados con este título se encuentra Héctor Priámida. El primogénito de Príamo y Hécuba, reyes legendarios de Troya, fue definido en la Ilíada precisamente con este apelativo –como también se le adjudicó este calificativo a otros héroes que estuvieron combatiendo en las llanuras de Ilión--. Los teucros, los legendarios troyanos, tenían en alta estima esta denominación. Los caballos eran domados, principalmente, para ser enganchados en los carros de guerra, que desempeñaron un papel importante en los acontecimientos militares. Héctor Priámida debió ser un gran guerrero como demostró dirigiendo a los troyanos durante el asedio de los griegos hasta su muerte, una muerte digna de un héroe mortal ante las otras muertes en la que los dioses resultaban vencidos, desencadenando de esta manera la miseria de las personas a las que protegían. Fuerzas encarnadas en Aquiles. Los epítetos que Homero adjudicó a Héctor indican que fue un gran guerrero a caballo –con los carros--, precisamente muriendo en ellos, atravesado por la lanza de Aquiles. Héctor Priámida, representado en una de las páginas más bellas de la historia de la literatura: “Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos a su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza de bella cintura, por el terror que el aspecto de su padre le causaba: dábanle miedo el bronce y el terrible penacho de crines de caballo, que veía ondear en lo alto del yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la veneranda madre. Héctor se apresuró a dejar el refulgente casco en el suelo, besó y meció en sus brazos al hijo amado, y rogó así a Zeus y a los demás dioses: “¡Zeus y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre los teucros y muy esforzado; que reine poderosamente en Ilión; que digan de él cuando vuelva de la batalla: ¡es mucho más valiente que su padre!; y que cargado de cruentos despojos del enemigo a quien haya muerto, regocije de su madre el alma.” Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que al recibirlo en el perfumado seno sonreía con el rostro todavía bañado en lágrimas. Notólo Héctor y compadecido, acaricióla con la mano y así le habló: “¡Esposa querida! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al Hades antes de lo dispuesto por el hado; y de su muerte ningún hombre sea cobarde o valiente, puede librarse una vez nacido. Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos cuantos varones nacimos en Ilión, y yo el primero”. Héctor Priámida, el del casco con crines de caballos, como otros troyanos y griegos, el ‘Domador de caballos’. Pero precisamente “domador de caballos” hay que entenderlo como persona destacada en la sociedad troyana y griega, que poseía una gran riqueza, representada precisamente en poseer numerosos caballos, ser dueños de estos preciados animales, necesarios para los carros de guerra, que significaban el poder verdadero, la fuerza de los poderosos. No es que se dedicara a domar caballos, como algunos ilustres semidioses, sino que el caballo era símbolo de posición social elevada  y riqueza. Así, Héctor Priámida era definido como uno de los mortales más poderosos. Y así fue el primero de los troyanos, el mejor de los mortales, tanto como un dios, aunque pereciera por deseo de los dioses.





lunes, 24 de noviembre de 2014

Alfonso I de Aragón, una cabalgada histórica

El que llegaría a ganarse el sobrenombre de ‘El Batallador’ nació en 1073, de madre de la nobleza de las tierras francesas, con numerosos contactos con el resto de Europa, tanto económico como cultura y, también, militar. De hecho, la mayoría de sus amigos y hombres de confianza habían nacido al otro lado de los Pirineos, y en ellos se apoyó para cualquier iniciativa. Nombres como Gaston de Bearn, el vizconde de Soule, Arnaldo de Lavedan o Retrou conde de Perche son familiares entre sus íntimos. Llamado ‘El Batallador’ por la gran cantidad de batallas en las que participó y venció. Se cuenta que fueron 29 las que les disputó a los árabes, ganándoselas, aunque también tuvo enfrentamientos con los castellanos, cuando aún no era rey. Intentó ser rey de Castilla por su casamiento con Urraca, pero el matrimonio no acabó bien. Hombre religioso y guerrero, imbuido por el recién nacido espíritu cruzado francés bendecido por el Papa Urbano, no dudó en acudir a la llamada de los mozárabes granadinos que le expresaban su opresión por parte de los musulmanes –aunque el afán de conquista, como había demostrado al atacar y conseguir las ciudades vecinas a su reino, entre ellas Zaragoza, no debía estar muy lejos de su pensamiento--. El monarca aguerrido planeó una acción para rescatar a estos cristianos en tierras musulmanas. Una acción que tuvo que ser bien estudiada. Una gran cabalgada entre Aragón y Al-Andalus. Fue a finales de septiembre de 1125 cuando se introdujo en territorio árabe. Entró por Valencia, zona que bien conocía al haber combatido junto al Cid Campeador, con cinco mil caballeros y unos quince mil infantes, atacando Denia y Guadix entre otras poblaciones, llegando a Granada hacia el 7 de enero. Acampó, pero los mozárabes no le ayudaron ni le abrieron las puertas de la ciudad de la Alhambra. Ante la imposibilidad de tomar Granada, aunque se le unió un numeroso grupo de mozárabes, anduvo por estas tierras y por las de Córdoba, procurando hacer el mayor daño posible a sus enemigos. Bajó hasta la Alpujarras y llegó a Motril y Salobreña. Estuvo en Vélez-Málaga, donde ordenó preparar una barca, desde la que pescaron un pez y se lo comieron. Otros dicen que se introdujo con el caballo en el mar, como queriendo delimitar los terrenos a conquistar, hasta el Estrecho. Perseguido por los refuerzos musulmanes llegados de África, huyó atacado hasta que llegó a su reino en el mes de junio de 1126. El único beneficio fue llevar a miles de mozárabes a Aragón, donde fueron bien tratados.

            Pero qué caballos utilizó Alfonso I en esta gran cabalgada, una aventura de unos mil kilómetros ida y otros tantos a la vuelta. Fueron nueve meses, por lo que tuvo que ir bien pertrechado. Atendiendo a su educación y a la composición de su ejército, en el que además de aragoneses había un gran número de normandos y francos, e influenciado por la zona de donde provenía, y por  las campañas realizadas en Francia, debió emplear caballos grandes y fuertes tipo normandos o los teldones del norte de la Península Ibérica. Ejemplares fuertes capaces de cargar con un guerrero con cota de mallas y piezas de armaduras. Esto explica el tiempo que tardó en llegar a Granada, unos tres meses, además del empleado en los asedios a distintas poblaciones. A ellos habría que sumar, además de los animales de carga y tiro, ejemplares bereberes, pues no hay que olvidar que El Batallador vivió parte de su vida en las fronteras con los árabes, y eran frecuentes las alianzas entre cristianos y musulmanes, pero no tendrían mucho peso esta manera de montar estos caballos de alzada más pequeña y adaptados a una manera de guerrear distinta a la que conoció principalmente Alfonso I ‘El Batallador’. Aunque hombres curtidos y grandes jinetes, serían capaces de combatir en cualquier animal, pero estaban acostumbrados a sus caballos fuertes y voluminosos. Y algo de predilección por los caballos debió tener este rey de Aragón, pues en su polémico y desconcertante testamento le dejó su caballo y sus armas a la orden del Temple, aunque otros caballeros también dejaron mandas de este tipo a la orden del Templo de Salomón.




sábado, 22 de noviembre de 2014

Alonso de Aragón, un jinete completo

Don Alonso de Aragón fue un ejemplo de caballero envuelto en los sucesos de la tormentosa Castilla allá por los años centrales del XV. Hijo de Juan, que era duque de Peñafiel y posteriormente sería coronado como Juan II de Aragón, y hermano del rey Fernando el Católico, fue educado en la corte portuguesa en el ideal caballeresco que estaba a punto de desaparecer, pero siendo el espejo en el que se fijaban todos los jóvenes que pretendían acceder a la milicia. Una de las cosas de este hombre de “buen ver”, que tuvo varios hijos fuera de su matrimonio, es la definición física que hace de él la Historia del invicto don Alonso de Aragón, maestre de la Orden de Calatrava y conde de Ribagorza…: “de muy buen rostro y lindos ojos, pelo castaño, de gentil estatura más grande que pequeño, robusto, gran bracero, buen hombre de a caballo de entrambas sillas y gran hombre de armas siendo temido por el enquentro de su lanza”. Es precisamente este ser hombre “de a caballo de entrambas sillas” lo que le confiere la singularidad en una época en la que se estaba pasando de un ejército conformado en parte por caballería pesada, recuerdo de un tiempo caballeresco, a unas formaciones militares de caballos más ligeras. Y don Alonso de Aragón fue un jinete que convivió con las dos formas de montar a caballo, la gineta y la brida, las dos maneras de montar en la Península Ibérica que requería sillas, cabezada, bocado y riendas distintas y que utilizaba distintas armas en el combate, a la vez que diferentes tipos de caballos. Época en la que hubo numeroso soldados y jinetes que eran “buenos hombres a caballo entrambas sillas”, algo que podría considerarse como superior a la equitación. Eran hombres de a caballo.



jueves, 20 de noviembre de 2014

La carruca

Lo que Gran Bretaña ha supuesto para el carruaje moderno lo fue el Imperio Romano en su época. Roma transformó el mundo de los carros contando con la base fundamental para ello, poseer una amplia y extraordinaria red viaria. Y entre la diversidad de los vehículos de tracción animal con los que contaban los romanos destaca la carruca. Un carro de lujo de cuatro ruedas de origen galo que fue utilizado por los habitantes del imperio, tan apreciado que fue evolucionando a lo largo del imperio, que contaba con una excelente suspensión para el momento, siendo idóneo para largos viajes. Normalmente era un vehículo cerrado y podían ir cuatro personas además del cochero. Iba tirada por dos caballos o mulas –esto último lo más frecuente--. Su adaptación para largos recorridos, incluidos los nocturnos, hizo que se construyeran en especial para poder dormir en ellas, la carruca dormitoria. Como carro de la clase alta romana estaba decorada con maderas talladas, incrustaciones de bronce, marfil, tableros adornados con bajorrelieves incluso piedras preciosas. El lujo de lo que es en realidad el antecesor de las carrozas reales llegó a su cénit con carrucas cubiertas de plata cincelada. Como coche práctico para viajar se cuenta que  Tiberio –antes de ser proclamado emperador sucediendo a Augusto--, en el año 9 a.C., al saber de la muerte de su hermano Druso en Germania, viajó posiblemente sin descansar hasta donde estaba el cadáver, en una carruca, y llevar los restos mortales hasta la capital del imperio. El emperador Nerón también utilizó este medio de desplazamiento, tanto que se cuenta “que nunca viajaba con menos de mil carrucas”. Marcial, el gran poeta hispano del siglo I de nuestra era, lo define como “carro bretón”. El autor de los ‘Epigramas’ abunda más al mencionar una carruca con oro que había costado “una finca”. No es de extrañar que este carro de los grandes en Roma fuera el antecesor de las carrozas reales.



Carruca adornada con bajorrelieves con un cochero y dos personajes en asientos más destacados. De una tabla de marfil romana.

martes, 18 de noviembre de 2014

Epona, protectora de los caballos

Epona, diosa romana que tutelaba a los caballos. Entró en la teogonía romana por influencias celta, particularmente de los galos, que tuvieron gran prestigio como domadores de caballos. Han aparecido numerosas inscripciones dedicadas al culto de la deidad en Galia, Germania, Britania e Hispania, ofrecidas por soldados romanos, Y, curiosamente, de las aparecidas en la capital del Imperio Romano, lo han sido en lugares donde hubo edificios que albergaron a jinetes bárbaros. La diosa protegía a los caballos en todos los sentidos, como una verdadera madre, desde asegurarles la alimentación hasta librarlos de la enfermedad, cuidando por las noches de que no entraran en los establos seres maléficos. Una auténtica diosa. Incluso los aurigas del imperio la invocaban para destruir los maleficios que algunos cocheros hacían caer sobre sus competidores. Se la representaba montada a caballo o rodeada de equinos, acariciándolos e incluso dándoles comida en su regazo. Estaba presente en las cuadras en pequeñas imágenes que solían adornar con flores sus devotos. Tanta influencia debió tener, seguramente por la gran afición a las competiciones de carros en el circo y a la presencia de soldados bárbaros que cada vez más se iban incorporando al Imperio, que gozó de fiesta el 18 del mes de december, en plenas saturnales. Pero el culto a Epona no debió tener mucha aceptación entre las clases más elevadas, pues Decio Junio Juvenal, el célebre poeta satírico del siglo II d.C., la despreciaba un poco, quizás debido a la gran aceptación que fue tomando con respecto a otras diosas autóctonas. Es más, se cuenta que un escritor griego, posiblemente llamado Agesilao, toma como origen de la diosa a la aversión que hacia las mujeres tenía un tal Fulvio Estela, quien se unió a una burra –a una yegua, en otras fuentes— de la que nació una joven hermosísima, a la que puso por nombre Epona --, leyenda basada en una similar griega--. Sea como fuere, la diosa siguió siendo la protectora de los caballos, de las bestias de carga y, para algunos, de la ganadería en general.  Y llegó a ser la deidad a la que veneraban los caballerizos, personajes principales en las cortes y casas poderosas en época pagana. Aunque el patronazgo de los caballos, entre los cristianos, lo ocupó precisamente un personaje nacido durante el Bajo Imperio, período en el que Epona fue muy venerada. Se trata de san Martín, que vino al mundo en una región donde era muy considerada la diosa celta, en Panonia, muriendo precisamente en la Galia, la tierra por excelencia de Epona o Hipona. Martín fue soldado romano y se convirtió, y parece que, para apagar el protagonismo de la diosa pagana, lo representan, en ocasiones, montado en un gran caballo.





lunes, 17 de noviembre de 2014

Claudio Eliano

Uno de los filósofos más atípicos que vivió entre los siglos II y III d.C. es Claudio Eliano. Romano y enamorado de los maestros griegos, tanto que, aunque nunca salió de la Península Itálica, siempre escribió en el idioma heleno, siendo conocido como ‘El sofista’, por su admiración a los filósofos de Grecia. Entre sus obras destaca ‘De natura animalium’, una colección de historias de diferentes animales, enmarcadas en un contexto pleno de fábulas e intenciones moralizantes, más que de conocimientos zoológicos o naturales. Pero entre historias y leyendas se advierte un observador de la Naturaleza con una amplia cultura, llamando la atención sobre la transmisión genética entre los mejores individuos de la raza. Eliano describe con admiración a la yegua bella que desea ser cubierta por el caballo más sobresaliente, despreciando la “villanía y bajeza” del asno. Es la búsqueda de los más selectos ejemplares a través de las cualidades genéticas. He aquí unos comentarios sobre los caballos de este filósofo nacido en la ciudad romana de Praeneste (actual Palestrina).


“Por lo común, el caballo es un animal airoso. Su robustez, su agilidad, el cuello erguido, las patas flexibles y los cascos sonoros le proporcionan gallardía y elegancia. En particular, la yegua, con sus crines largas, es un ser lleno de gracia y cautivador; no soporta, por ejemplo, ser cubierta por un asno y, en cambio, acepta con gusto a un caballo, en especial si se trata de uno muy robusto. Quienes se interesan por obtener mulas conocen estas circunstancias y, por tanto, recortan las crines de la yegua sin consideración y con rusticidad, para luego echarle un burro; aunque en un primer momento se sienta repugnada, la pobre bestia se aviene a recibir al macho innoble”.


sábado, 15 de noviembre de 2014

Ibn Hudayl


“A un sabio fueron a preguntar: ¿Cuál es la riqueza mejor?, y repuso: una yegua, seguida de un caballo y llevando en sus entrañas a otro”.






(En ‘Gala de caballeros, blasón de paladines’, Editora Nacional. Edición de María Jesús Viguera, catedrática de Estudios Árabes e Islámicos de la Complutense de Madrid y directora de Actividades Culturales de la Fundación Paradigma).

jueves, 13 de noviembre de 2014

Cesare Ripa


"...Añadiremos por último que dicho carro --el del dios Neptuno-- va tirado por ferocísimos caballos, recordando con ello que Neptuno, según dicen los Poetas, fue el primero que los formó y trajo al mundo, golpeando en la tierra con su Tridente, de donde hizo salir el primer caballo".






miércoles, 12 de noviembre de 2014

El papa Clemente XIV a caballo

Fue Ignacio Sierra Quirós, párroco de Castro del Río (Córdoba) quien me mostró el cuadro que representa al Papa Clemente XIV montando a caballo. Ignacio Sierra, como Clemente XIV, es también una persona que “cae bien en la silla”, aunque no es frecuente ve a clérigos practicando la equitación.
            El cuadro muestra a una persona educada en el arte de la equitación. Bien encajado en la montura, cogiendo con decisión y maestría las riendas, correctamente vestido para montar a caballo y mostrando quién es. Va de blanco, como la vestimenta de los papas, y lleva sombrero de tres picos y zapatos rojos, como los que calza el sumo pontífice. El caballo barroco que monta está enjaezado completamente de color rojo.
            Clemente XIV (1705-1774), en el siglo Giovanni Vincenzo Ganganèlli, estudió con los jesuitas en Rimini, y precisamente la Compañía sería crucial en su pontificado.  Hombre de gran cultura, fue un experto teólogo, amante de la música y la poesía y un grande aficionado a la equitación, tanto que se cuenta que tuvo varias caídas importantes, sufriendo traumatismos en el hombro, pero regresando pronto a su pasión favorita, el caballo. Tras ser elegido Papa, después de numerosas presiones por parte de las monarquías borbónicas europeas que deseaban suprimir la Compañía de Jesús por la gran inquina que esta casa real tenía hacia los hijos de San Ignacio, fue coronado en la Basílica de San Pedro el 4 de junio de 1769, y tomó posesión de la sede del obispo de Roma, San Juan de Letrán, el 26 de noviembre, ante un gran gentío causante de un tremendo griterío que hizo que el caballo en el que se dirigía a la iglesia se espantara, cayendo de él, pero sin consecuencias al amortiguar la arena de la calle la caída. Levantándose y proclamando “no hay contusión, pero sí confusión”, se montó en una carroza para proseguir hasta la basílica lateranense. Esto fue tomado como un mal augurio respecto a los jesuitas, pues tras las hostilidades que se dirigían hacia la Compañía, pensaron que Clemente XIV la aboliría, ya que una circunstancia parecida se dio en la proclamación de Clemente V, quien extinguió otra orden, la de los Templarios.
            Clemente XIV siguió practicando la equitación casi hasta meses antes de su fallecimiento. Paseaba siempre que podía. Se le podía ver cabalgar por Roma con maestría, y en una ocasión en el que encabezaba un cortejo ceremonial con toda la Prelatura desde el Palacio Quirinal a la basílica de Santa María Sopra Minerva, se desencadenó una tormenta que inundó el recorrido, abandonándolo todos los componentes de la Prelatura Romana para cobijarse, siguiendo el Pontífice hasta la iglesia sin inmutarse.
            Con  respecto a los jesuitas, el antiguo fraile franciscano –orden en la que entró Giovanni Vincenzo Ganganèlli con el nombre de Lorenzo, como se llamaba su padre—estuvo jugando para dilatar la abolición de la Orden, a pesar de la presión de los reyes borbones como Carlos III, de España; José I, de Portugal¸ y el rey francés Luis XV, principalmente. Ante el acoso de los embajadores de los países interesados, entre ellos el del Reino de España, el despiadado e interesado José Moñino, el Papa se paseaba por Castel Gandolfo, montado a caballo, meditando sobre la situación.
            Al final, se suprimió la Societas Iesu mediante el breve de extinción ‘Dominus de Redemptor’, firmado por Clemente XIV. Aunque como dijo san Alfonso María de Ligorio, “¿qué podía hacer el pobre cuando las monarquías pedía la supresión de los jesuitas?”.
            El Papa Ganganèlli, que padecía la enfermedad de “flatos hipocondríacos”, de los que se liberaba andando o montando a caballo, fue un hombre culto, inteligente, que se dejó llevar según sus intereses, y no quiso abolir a los jesuitas, jugando con el tiempo, pero los Borbones fueron más fuertes que este Papa que luchó por la cultura, siendo el creador de los Museos Vaticanos, y que prohibió la castración en muchachos para que tuvieran esa tonalidad tan excepcional que hoy cuasi imitan los contratenores, autorizando a las mujeres a que ocuparan los puestos que les correspondía en sus interpretaciones, pero no consiguió que los castratis dejaran de cantar en los coros de las iglesias, incluidos los Vaticanos.

            Ganganèlli fue un buen papa que luchó por el bien de la Iglesia, pero las circunstancias que lo rodearon fueron implacables, aunque se enfrentó a ellas. Y fue un gran jinete, mostrando una dignidad y sabiduría en el ejercicio de la equitación, teniendo, más de dos siglos después, alumnos como el párroco de Castro del Río, Ignacio Sierra Quirós, que disfruta de la equitación e intenta, como Clemente XIV –que tras su caída, antes de tomar posesión en San Juan de Letrán, exclamó “quiera Dios que habiendo caído a tierra me parezca a Pablo--, utilizar el caballo a mayor gloria de Dios, como demostró en la primera peregrinación a caballo desde Castro del Río a la basílica santuario de San Juan de Ávila en la población cordobesa de Montilla, dentro de los actos que tuvieron lugar en el año jubilar del nuevo doctor de la Iglesia, organizado por el párroco de la Asunción castreña.